Estas misivas sorprendieron un poco á Rita. Con asombro y pena se cercioró de que el nombre de Vicente López no suscitaba en ella ninguna emoción simpática. No recomponía bien la significación de aquel hombre en su vida; ni siquiera estaba cierta de haberle amado. ¡Vicente López... el padre de Deogracias!... ¿Y qué?... Además, ¡aquel pasado se hallaba tan lejos!... Como por un cristal la luz, así la imagen del Charro cruzó por su alma sin detenerse. ¡Vicente!... ¿Para qué molestarse en unir su porvenir al suyo, si comprendía que siempre, mientras viviese, estaría triste? Y no porque se arrepintiese de lo hecho; es que no deseaba nada, es que todo, de pronto, la parecía igual.
—¡Vicente!—murmuraba Rita buscando en las vaguedades de su desorganizada memoria—; ¡Vicente!... ¡Es raro!... ¿Por qué estoy así? ¡No me acuerdo bien de él!
Otra razón, de índole muy distinta, agravaba su marasmo: era la seguridad de que su vitando crimen no quedaría impune, de que se hallaba perdida irremisiblemente, porque la justicia, de un momento á otro, iba á saberlo todo. Invadíala entonces una laxitud sobrehumana, un deseo miserable de entregarse, de caer de rodillas. Tal vez, confesándose, echaría fuera de sí aquella inquietud.
Pensaba:
«¡Hablar!... ¡Eso quizás fuese lo mejor!...»
En estas incertidumbres perdió dos semanas. Vicente López había dejado de escribir. El comercio «Paredes, Hermanos» volvió á abrirse, y Toribio, detrás del mostrador, recobró su vida.
Un día, casi de madrugada, varios tenderos de la calle Larga vieron pasar á Rita, en dirección á Correos, con una carta en la mano. Iba descalza y á medio vestir; con una colcha se abrigaba los hombros; sus cabellos bermejos y revueltos la cubrían los ojos; unos ojos estáticos, inexpresivos, de sonámbula. Algunos la llamaron:
—¡Señora Rita!... ¡Señora Rita!...
Pero ella caminaba impasible, la mirada en alto, como si la calle estuviese vacía. Cuando llegó á la Casa-Correos, sin vacilar, echó la carta al buzón. En aquel instante, una vecina que corría tras ella la tocó en el hombro:
—Señora Rita...