La mujerona volvió la cabeza, pareció examinar á quien le hablaba y no contestó. Tenía la actitud de un demente. Su interlocutora, un poco asustada, repitió:
—Señora Rita...
Otros transeuntes se habían acercado. Los ojos de la mujerona empezaban á parpadear y adquirían expresión. Al cabo, tras algunas degluciones penosas, pudo responder:
—¿Qué?...
Su voz sonaba raramente. La preguntaron:
—¿Está usted dormida?
—¿Dormida?—repitió.
—Sí; está usted dormida. ¿Por qué ha salido usted á la calle en ese traje?
—¿Yo?... ¿En la calle?... ¿Qué calle?...
El número de curiosos aumentaba. Rita Paredes entreabrió la colcha con que se envolvía. Bruscos estremecimientos de asombro, de susto, pasaban intermitentes y rápidos, como ráfagas nerviosas, por su rostro.