—Rita—la decían—, Rita...
—¿Qué?... ¿Quién me llama?...
De pronto sus miradas tuvieron fijeza y expresión; renació la conciencia. Vióse medio desnuda y en la calle, y su terror fué inmenso, como el de una bruja sorprendida por el sol antes de volver del aquelarre. Empezó á tiritar.
—¿Cómo me hallo aquí?... ¿Cómo he venido hasta aquí?...
Estaba repugnante, sabática, con su pelambrera rojiza, mezquina y salpicada de cabellos blancos; sus ojuelos de lobo, amustiados por el miedo entre la miseria de los párpados sin pestañas; la piel seca, rugosa, vieja, sobre la dureza saliente de los pómulos; el semblante espectral, amarillo como el releje de sus dientes. Un transeunte caritativo la puso su bufanda alrededor del cuello, y unas vecinas, no teniendo á mano nada mejor, la cubrieron las piernas con una cortina. Temblaba de frío en medio del grupo, compasivo y fisgón; Rita Paredes, enjuta, gigantesca y vestida de manera tan desusada, parecía un espantapájaros. Todos murmuraban:
—Ha perdido la razón. Está loca. ¡Pobre mujer!...
La noticia corría de puerta en puerta, y su virtud expansiva era tal, que cuando llegaba á la Puerta del Acoso ya se sabía también en la Glorieta del Parque. El boticario y don Valentín, en cuanto tuvieron de ella conocimiento, salieron á buscar detalles. Un muchacho había ido á despertar á Toribio. Rita, entretanto, permanecía de pie, apoyada contra la pared de la Casa-Correos.
—¿Por qué estoy aquí?—balbuceaba—¿Qué vine á hacer aquí?...
Fruncía las cejas y, á ratos, con sus dedos esqueléticos, de uñas agudas, se palpaba la frente, como buscando en ella un recuerdo.
—¿Qué vine á hacer aquí?...