La mujerona volvió á mirar al buzón, que era la máscara, en mármol, de un león con la boca abierta. Aquella imagen mordía en su memoria y la despabilaba. Lentamente sus ideas iban aclarándose, y este amanecer interior hacía filar por su rostro una sucesión interminable de penumbras, muecas y rapidísimos temblores. Sentíase perdida, arrastrada, hacia un abismo.

—¿A quién escribió usted?—la preguntaron.

—No sé.

—¿Cómo? ¿Ha olvidado usted el nombre de la persona á quien ha escrito?

Rita movía la cabeza afirmativamente. La expresión de sus ojuelos era mortecina, idiota; en ellos, no obstante, fulguraba el esfuerzo, el torturador trajín, de la evocación. La imagen de Vicente López cruzó su memoria. Vaciló unos segundos y luego:

—No... no es á él—balbuceó—á quien he escrito...

Después:

—Ya me acuerdo... es verdad... ya me acuerdo...

Muchas caras se adelantaron hacia ella, curiosas.

—¿Sabe usted para quién era la carta?