—Sí.
—¿Se acuerda usted de la persona?
—Sí; he escrito al juez.
Estas palabras sibilinas, que parecían envolver un enigma, produjeron en el auditorio acre emoción.
—¿Ha escrito usted al juez?
—Sí.
—¿A don Niceto?
—Sí...
—¿Y para qué ha escrito usted al juez, Rita?...
—Para... para decirle... para decirle...