No concluyó. Acababa de recobrar la razón y al comprenderse perdida, lanzó un grito, un horrísono grito, y cayó de bruces contra el suelo. Su cabeza lívida, al rebotar contra las piedras, se magulló y cubrió de sangre.

XXVI

Semejante á un temblor de tierra, aquella noche rodó por las tertulias del Casino, del Toro Blanco y del Café de la Coja, la noticia de que don Niceto, acompañado de su secretario y de dos números de la Guardia civil, había procedido á la detención de los hermanos Paredes y que éstos hallábanse presos é incomunicados en los sótanos de la cárcel.

Suceso tan inverosímil puso en nerviosa conmoción al vecindario. Muchos curiosos fueron á la tienda de los supuestos detenidos, en busca de informes, pero la encontraron cerrada, y esta clausura acrecentó la general espectación. Todos acudieron entonces á la fonda, y don Valentín se halló acosado y vencido á preguntas. Don Juan Manuel Rubio, don Elías, don Artemio, don Ignacio y otras personas, le cercaron.

—¿Qué sabe usted?... ¿Y Niceto?... ¿Dónde está Niceto?...

Desgraciadamente ni don Valentín ni sus hijas podían contestar á nada, porque nada sabían. Desde la víspera, don Valentín no veía á su hermano. Asimismo, cual si les hubiera tragado la tierra, el secretario del Ayuntamiento y los dos guardias que dieron escolta al juez habían desaparecido. Según en los períodos febriles la sangre se precipita con mayor ímpetu por las arterias, de igual modo, en las crisis colectivas las muchedumbres adquieren un dinamismo violento y morboso. Por las callejas de Puertopomares, impelidos por la calentura de la curiosidad, agitados, insomnes, alegres, los vecinos corrían á caza de detalles.

Como don Niceto no había ido á cenar á su casa ni estaba en el Juzgado, ni era fácil, de consiguiente, dar con él, Rubio, Fernández Parreño, don Artemio y el veterinario, resueltos á salir de dudas, se personaron en la cárcel.

Esta, que fué construída aprovechando los restos de un torreón centenario, era una casuca alta, estrecha y de paredes circulares. Las gloriosas saeteras fueron rasgadas y convertidas en ventanas guarnecidas de espesos hierros. La puerta, que acaso en otros tiempos lo fué de algún patio de armas, mostrábase en un plano inferior al de la calle y como aplastada bajo la pesantez de un arco granítico.

Respondiendo á los clamorosos aldabonazos que en ella dieron el médico y sus acompañantes, un ventanuco, defendido también por densos hierros, se abrió misterioso. Desde el interior oscuro una voz preguntó:

—¿Quién va?...