En ella don Elías adivinó á Luis, el carcelero.

—Yo soy, Luis, abre.

El interpelado, á su vez, reconoció al médico; su acento tornóse más humilde; era el acento del hombre que desea servir; pero en aquella misma melosidad presintió Fernández Parreño una negativa.

—Dispense usted, don Elías; no puedo complacerle. He recibido orden de no abrir á nadie.

Fernández Parreño, usando de esa llaneza con que en los pueblos, donde todos se conocen, se tratan los asuntos más reservados, replicó:

—Abre, hombre; esa orden, por severa que sea, no reza conmigo, ni alcanza á las personas que me acompañan.

Luis se excusó:

—Imposible, don Elías: la orden que me han dado es terminante.

Don Juan Manuel quiso utilizar su influencia de diputado.

—¡Déjate de bobadas, Luis! Si don Niceto te reprendiese por haberle desobedecido, le dices que me lo cuente á mí. ¡Abre!...