Su acento era decisivo, conminatorio. Pero la voz dócil no cedía:
—Lo siento, don Juan Manuel; perdóneme usted. Tengo orden absoluta de no recibir á nadie.
—Pero, al menos—interrumpió don Artemio—podrás responder á una pregunta.
—Según...
—Necesitamos saber si es cierto que los hermanos Paredes están aquí.
Luis no contestó. Vacilaba.
—¿También te han prohibido decir lo que ya se murmura en todo el pueblo?—agregó el boticario exaltándose.
La voz, replicó:
—Sí, señor; pero no pretendan ustedes saber más: los hermanos Paredes están aquí desde esta tarde.
Tras estas palabras, dichas con una dulcedumbre que no excluía cierta sequedad, se cerró el ventanillo, y del viejo portalón carcelario pareció desprenderse, semejante á un aroma, un hondo silencio.