Derrotados los indiscretos visitantes regresaron al Casino. Eran las once. Para distraerse organizaron una partida de tresillo. Después llegó Romualdo Pérez que se sentó aparte. El gerente de La Honradez se había casado hacía dos meses con Micaela, y estaba en vísperas de ser padre. Don Elías le preguntó por su mujer, á quien el embarazo mortificaba.

—La pobre sigue mal—repuso Romualdo—; los vómitos no la dejan. Creo que debía usted ir á darla un vistazo.

El boticario invitó á Romualdo á jugar al dominó. Pérez aceptó. Durante largo tiempo alimentó una sorda cólera contra don Artemio, por ser éste quien descubrió y divulgó el secreto de sus relaciones con Micaela; pero luego el matrimonio había esclarecido aquellas nubes, y el viejo rencor quedó olvidado.

A hora muy avanzada de la noche, Teodoro, el camarero, acercóse corriendo á don Juan Manuel y á don Elías para decirles que don Niceto subía las escaleras del Casino. El juez entró en el salón. Su figurilla esmirriada y mal vestida, su rostro ojeroso y sin afeitar, su pescuezo flaco asomando por un cuello poco limpio y demasiado ancho, expresaban fatiga. Al verle, todos se levantaron, y saliéndole al encuentro le agasajaron con palabras afectuosas y cordiales golpecitos en la espalda. Don Juan Manuel le echó un brazo por el hombro, y le ofreció un lugar á su lado, en el diván. Don Niceto, poseído de su importancia y satisfecho de aquellas demostraciones de simpatía, entornaba los ojos.

—El día de hoy—declaró—no lo olvidaré nunca: ha sido la jornada más terrible, más llena de emociones, de mi carrera.

Ante las preguntas vehementísimas de sus amigos, adoptó una actitud reservada: no podía hablar, no debía hablar; el asunto que iba á ventilarse revestía caracteres de gravedad y trascendencia excepcionales.

—Se trata—añadió—de un antiguo error judicial. Yo, lo confieso, fuí entonces el primer engañado. Nos aguardan sorpresas inauditas, sorpresas terribles, sorpresas de folletín. ¡Ya lo verán ustedes!... De no reducirse todo á la declaración sin sentido de una loca, en el proceso que va á incoarse danzarán varias personas: usted el primero, don Ignacio; y usted también, don Elías...

Con estas palabras, casi amenazadoras, exacerbóse de manera tal la curiosidad de unos y otros, y tan desaforada avalancha de preguntas cayó sobre la exigua y alimonada cabeza de Olmedilla, que éste accedió á descorrer un poquito el velo del misterio.

Aquel medio día, hallándose almorzando, recibió don Niceto una carta suscrita por Rita Paredes, donde ésta manifestaba que, espontáneamente y para aligerar su alma de remordimientos, declarábase responsable única de la muerte de sus tres hijos, y coautores, ella y su hermano, de la de Frasquito Miguel; añadiendo que el móvil de este crimen fué el robo, y que la maza con que asesinaron al señor Frasquito había sido enterrada en el patio de la llamada «casa del chopo».

—Se conoce—prosiguió el juez—que Rita escribió su carta en un rapto de fiebre ó de sonambulismo, y luego, sin darse cuenta, fue á echarla á Correos, donde esta mañana temprano, según he oído decir, varios vecinos la encontraron alelada y casi encueros. Tan pronto recibí esa carta que, por sus terribles acusaciones, más que obra de un vivo parece dictada por el espíritu vengativo de un muerto, me personé, acompañado de mi secretario y de dos números de la Guardia civil, en casa de los Paredes, y á quemarropa, para estimar mejor el efecto de mis palabras, les notifiqué su detención. La impresión que en uno y otro hermano causó la noticia, corroboró plenamente la sospecha que la misiva reveladora, apenas la leí, me produjo. Evidentemente me hallaba sobre la pista de un crimen. Al recibir mi orden, Rita, que en aquel momento salía de la trastienda, no mudó de color; parecía aguardarme y bajó los párpados resignadamente. Toribio, en cambio, se quedó lívido, con una lividez tal, que desvaneció en la blancura del rostro la línea de los labios. Esto, tratándose de un trujamán tan valentón y experimentado como él, significa mucho. ¡Si le hubiesen ustedes visto!... Se le afiló la nariz, se le hundieron los ojos; hízose penosa su respiración; no podía echar el habla del cuerpo. Adelantándome á la posibilidad de que, transcurrido el primer momento de pánico, sus nervios tuviesen una reacción furiosa, mandé que le atasen las manos. No opuso resistencia, y su mansedumbre constituye, á mi juicio, un nuevo indicio de culpabilidad. Mientras le amarraban, murmuró: