«¿Por qué me prenden? Yo no he hecho daño á nadie».
Le atajé:
«Si es usted ó no responsable de algo malo, lo sabremos más tarde. Yo, por el momento, cumplo un deber deteniéndole á usted.»
Rita se limitó á decir:
«¿Y mi hijo?... ¿Qué será de él?...»
Como comprenderán ustedes, su pregunta es muy elocuente, pues descubre la seguridad que Rita Paredes tiene de no ver á su hijo nunca más. Esa interrogación envuelve un adiós, una despedida.
Yo la contesté:
«No la inquiete la suerte del niño. Yo me encargo de él. Deogracias permanecerá en mi casa todo el tiempo preciso.»
Enternecida me alargó una mano, que, como es natural, rehusé. Entonces murmuró:
«Gracias, don Niceto; muchas gracias. Ya no tengo miedo.»