Olmedilla apuró su café, que se había quedado frío. Después, engreído, apersonado, enigmático, se puso de pie; era el protagonista, el dueño, casi omnímodo, del drama policíaco que iba á desarrollarse. Con la importancia que tan extraordinaria situación le confería, su alfeñicada figurilla parecía más noble y más alta.
Don Juan Manuel intentó dirigirle una nueva pregunta, pero antes de que la primera palabra subiese á sus labios, don Niceto le atajó con un ademán. Había recobrado su aspecto impenetrable, severo, casi hostil, de hombre en quien la sociedad resignó la administración de los castigos.
—No pretendan ustedes saber más—dijo—; sería inútil. Todas las habitaciones del domicilio de los Paredes han quedado cerradas y selladas. Mañana tomaré minuciosa declaración á los detenidos y seguidamente comenzaré á instruir las diligencias preliminares. Luego... ¡ya veremos qué resulta!...
Dicho esto saludó y se fué, orondo, inquieto y ufano á la vez, como un autor en vísperas de un gran estreno.
Don Elías, don Juan Manuel, don Artemio y don Ignacio, prolongaron su tertulia hasta muy tarde. En resumen, hallábanse tan descaminados y á oscuras como antes. La inverosímil confesión de la mujerona no echaba sobre el misterio luz ninguna. ¿Cómo Rita, que, mal ó bien, á través de sus años de miseria siempre cuidó de sus hijos, hubiera querido, precisamente cuando sus negocios marchaban mejor, desembarazarse de ellos? Lo que no hizo de moza perdida, ¿iba á hacerlo en los umbrales de una vejez laboriosa y honesta? Y, sobre todo, ¿dónde estaba la causa razonada, el motivo lógico, de tan abominable crimen?... En cuanto á que el señor Frasquito muriese de un mazazo en la cabeza, ¿quién admitiría semejante patraña? ¿No se comprobó entonces que el pañero falleció de la coz que le dió una mula? Don Elías, don Ignacio Martínez y los dos médicos titulares que reconocieron el cadáver, ¿no vieron en éste dibujada claramente la herradura del animal?...
Discutidos estos extremos, convinieron todos en que la carta de Rita Paredes era, sencillamente, la obra de una perturbada, y de consiguiente que don Niceto, poniendo bajo hierros á los hermanos Paredes sin más razones ni otros indicios que los apuntados, había procedido con notoria y punible ligereza.
Rozados en su vanidad profesional, Fernández Parreño y don Ignacio Martínez afirmaban que el dictamen por ellos suscrito respecto al accidente que privó de vida al señor Frasquito, era rigurosamente cierto. De lo que examinaron y juzgaron por sus propios ojos, no podían dudar. Don Ignacio recordaba la forma, dimensiones y aspecto de la herida, como si acabase de verla. A don Elías sucedíale lo mismo. Para mayor demostración, ambos estaban seguros de que en la señal que sobre la frente de la víctima dejó la herradura, faltaba la huella de un clavo.
—Aquel, precisamente—añadió Martínez—que faltaba en la pata derecha del animal.
Las razones aportadas por el veterinario y el médico, resplandecían incontrovertibles; don Juan Manuel y don Artemio lo reconocieron y demostraban su asentimiento con leales movimientos de cabeza y de párpados.
—Pues si la historia del asesinato de Frasquito Miguel es mentira—exclamó don Elías—, ¿por qué no sería mentira también el asesinato de los niños en el túnel?... Yo pienso, señores, que nuestro amigo don Niceto se ha puesto en ridículo. El prurito de figurar, el deseo de que los diarios de Salamanca hablen de él, le llevan demasiado lejos. Rita Paredes es una loca; una pobre loca cuya manía consiste en creerse criminal, como otras se dicen reinas ó actrices ó millonarias. Y, si no... ¡al tiempo!...