—Estamos de acuerdo—interrumpió Martínez—; don Niceto quiere lucirse y se precipita: «aun no ensillamos y ya cabalgamos». De ahí nace su ofuscación.

Este criterio mantenido por los prohombres del Casino fué, durante la mañana del día siguiente, el de todo el vecindario, y tantos detalles aportaban unos y otros en favor de los Paredes, que hasta el mismo don Valentín, que asistía á las discusiones de sus clientes, llegó á temer que Niceto, mareado por repentinas ansias de notoriedad, hubiese cometido una gravísima equivocación.

Así la sorpresa de todos fué mayor cuando, á la sobretarde, corrió la noticia de que Rita Paredes había ratificado y ampliado ante el juez las declaraciones de su carta, añadiendo pormenores que no daban lugar á vacilación ninguna; y, finalmente, que el Juzgado se presentó en la «casa del chopo», habitada á la sazón por unos trajinantes riojanos, y que en el patio, y en el lugar mismo señalado por Rita, había aparecido una maza, como de tres palmos de longitud, cuya parte más voluminosa conservaba la señal evidente de un herradura.

El vecindario tornó á estremecerse; el alma sencilla y violenta de las muchedumbres, se enardecía, vibraba de emoción, temblaba de cólera. Cada sexo dirigía su odio contra uno de los asesinos: los hombres aborrecían á Toribio; las mujeres á Rita. Ahora todos se explicaban el rápido encumbramiento de los dos hermanos: su bazar de la calle Larga, era fruto de un crimen; las telas, los juguetes, que allí vendían, destilaban sangre. Evidentemente Toribio era un miserable, digno de la horca; pero Rita le aventajaba en perfidia. ¡Matar así, en su propio lecho y á mansalva, al hombre con quien había vivido tantos años, y asesinar luego á los hijos de sus entrañas tirándoles, en racimo, bajo las ruedas de un tren!... ¿Es posible que haya madres capaces de dar lecciones de ferocidad á las hienas?...

Poseída de belicosa excitación, la gente preguntaba:

—¿Y Toribio? ¿Qué dice Toribio?... ¿Ha confesado algo?...

Estas interrogaciones iban y venían desde el Casino á la Fonda del Toro Blanco, y desde allí al Café de la Coja. En la botica, en el taller de don Ignacio, en la Estación, nadie hablaba de otro asunto. Delante de los comercios de la calle Larga, no bien se reunían tres personas, la obsesionadora y terrible actualidad renacía. Según las últimas referencias, el buhonero no había declarado nada; á las palabras de don Niceto opuso un inquebrantable silencio; pero, según decían, terminado el interrogatorio hubieron de esposarle porque, en un acceso de furiosa locura, intentó degollarse con un cristal.

Estas noticias, más que sabidas, adivinadas, venteadas por el instinto de la multitud, exasperaban la atención general. A prima noche, los comentarios que revolaban de corrillo en tertulia desde los paradores y tabernas de la Glorieta del Parque á las casucas de la Puerta del Acoso, arreciaron al extremo de revestir formas hostiles. Una veintena de mujeres y hombres se habían congregado delante de Correos y miraban hacia el bazar de los Paredes. Aquel grupo exaltado rumiaba una venganza.

De pronto, una voz turbia y gangosa, la voz del tonto Ramitas, gritó:

—¡Vamos á quemar la casa!...