Instantáneamente todos se aprestaron á cumplir aquella iniciativa. De un zaguán sacaron un jergón, que varias mujeres rociaron de petróleo. Segundos después aquel montón de paja ardía, y sus llamas, disciplinadas por el viento, iluminaron trágicamente la calle oscura. Lampazos infernales de oro y púrpura corrieron por las fachadas de los edificios. La multitud gesticulaba, rugía, satisfecha de su obra. El escándalo se convertía en motín. Las puertas de la tienda empezaron á arder. Entonces varios empleados de Correos acudieron resueltos á conjurar el daño. Entre ellos y los incendiarios hubo una corta y sañuda rebatiña, insultos, golpes; al cabo, la oportuna intervención de dos guardias, que llegaban sable en mano, dispersó á los revoltosos. El fuego quedó extinguido. Luego los alborotadores, siguiendo rumbos diferentes, tornaron á reunirse delante de la cárcel, contra cuyas ventanas arrojaron muchas piedras. Las mujeres prorrumpían en gritos ensordecedores de amenaza. La indignación popular no cedía, y en tan críticos momentos los muros de la prisión fueron para los dos acusados, más que castigo, garantía y defensa. Finalmente, el cansancio de todos, antes que las frases sincretistas de don Isidro, el alcalde, devolvió al vecindario su sosiego. Hasta los menos razonables se apaciguaron. Renació el silencio. Aquella noche, en la muda tiniebla de la calle Larga, el frontis del comercio «Paredes, Hermanos», horriblemente chamuscado por el incendio, tenía una expresión de cosa abandonada, trágica y maldita.
XXVII
El proceso que el Juzgado de Puertopomares había empezado á incoar para esclarecer la muerte de Frasquito Miguel y la de sus hijos, duró cinco ó seis semanas, durante las cuales el vecindario conoció una vida de emoción completamente nueva para él. Iban los ánimos de sorpresa en sorpresa, y tanto menudearon los sobresaltos, que determinaron en la multitud una nerviosidad enfermiza. A esta exaltación contribuían los diarios salmantinos, que, bajo el epígrafe «El crimen de Puertopomares», insertaban informaciones prolijas del suceso. El escándalo rebasó los límites modestos de la provincia y llegó á Madrid; una revista cortesana, de gran circulación, publicó los retratos de los hermanos Paredes y del «digno juez que instruía la causa», lo que dió á éste envidiable importancia. En pocos días don Niceto Olmedilla había adelgazado; su perfil de convaleciente empeoró; parecía más pequeño, más descolorido; las gentes, por burla, empezaban á encontrarle ciertas semejanzas con don Gil; en realidad, el pobre hombre, tanto por pundonor profesional como por vanidad y ansias de exhibición, había trabajado mucho.
El proceso, merced á las rotundas explicaciones de Rita, derivaba derechamente hacia el final. La mujerona acusaba sin miramientos, y su palabra era hilo de oro, rayo admirable de luz á través de las tinieblas que, sobre la prudencia de los culpables, fueron acumulando el tiempo y el olvido. Vencido, trastornado, por las declaraciones de su hermana, Toribio confesó también. En el momento de hacerlo, su semblante se descompuso cual si la fiera lucha que se libraba en su interior le destrozase el pecho. Para tranquilizarle le ofrecieron un vaso de agua con coñac, que el miserable bebió con avidez. Don Niceto, paternal y severo, le decía:
—Hable usted, Toribio; es lo mejor. La Justicia, el día de la sentencia, teniendo presente la franqueza de usted, le será más benigna.
Estas palabras, de firmeza y dulzura, fueron muy comentadas luego y nimbaron la figura de don Niceto de prestigio. El buhonero, al fin, engañado ó abúlico, habló, y sus declaraciones añadieron á la escena del asesinato nuevas y espantosas sombras. Aclarado este punto, procedióse á la exhumación del cadáver del señor Frasquito, pero el examen pericial no dió resultado, por hallarse aquel en completo estado de descomposición. Don Elías, don Ignacio, don Isidro Peinado y otras muchas personas, fueron llamadas á declarar, y sobre las mesas del Juzgado las resmas de papel de oficio iban amontonándose. Agobiado por tan ruda labor, don Niceto ni tenía ganas de comer ni dormía á derechas. Empero su actividad no declinaba. Resuelto á sujetar bien todos los cabos de la maraña, envió un exhorto á la Audiencia de La Coruña pidiendo la detención de Vicente López, y éste fué preso. Ello aportó al escándalo un inesperado interés, y la figura de aquel hombre, autor moral quizás del asesinato de los hijos de Rita, echó sobre la desalmada madre mayores tinieblas.
La vista de la causa debía celebrarse meses después en Salamanca, y allí, de consiguiente, era indispensable trasladar á los Paredes. Su conducción, desde la cárcel de Puertopomares á la Estación del ferrocarril, ofrecía serias dificultades, porque el vecindario seguramente intentaría agredirles. Comprendiéndolo así don Niceto y no disponiendo de las fuerzas necesarias para domeñar un conflicto de orden público, pidió á sus compañeros los jueces de Campanario, Cantagallos, Torres de la Encina y La Olla, le enviasen toda la Guardia civil que tuvieran, y de este modo, entre individuos de «la benemérita» y municipales, formó un pelotón de quince hombres.
Los presos debían ser sacados de la cárcel al filo de la media noche y con todo sigilo; mas no faltó quien lo supiese, y la noticia, volando eléctricamente de unos en otros, puso en belicosa conmoción al vecindario. A la hora señalada, por todas partes un extraño y amenazador murmullo de pasos, rompió el silencio. Misteriosamente las ventanas se iluminaban; una especie de temblor estremecía las casas: era que sus habitantes, informados de lo que iba á suceder, dejaban el lecho para vestirse y salir. Las puertas se abrían con chirriar impaciente de cerraduras, y en el rectángulo negro de los zaguanes aparecían hombres provistos de garrotes y embozados en mantas. Pocos minutos bastaron para que más de doscientas personas se congregasen ante la plazoleta, pedregosa y herbada como un solar, que enfrontaba la cárcel, cuya puerta custodiaban dos guardias civiles: sus tricornios charolados, el correaje amarillo de su armamento y los cañones de sus mausers, lucían marciales en la oscuridad.
Al fondo de la plazuela la muchedumbre se arremolinaba y el murmullo de los diálogos se convertía en rugido. Algunas piedras, disparadas al azar, chocaron contra el frontis de la cárcel. Estos preludios de batalla enardecieron los ánimos. Voces varoniles, voces de gesta, gritaban:
—¡Hay que arrastrarles! ¡No tenemos vergüenza si les dejamos salir vivos de aquí!...