Y las pedradas volvían á sonar, ahora una, luego otra, como granizos escapados de una tempestad en formación.
Intimidado por la desafiadora actitud del pueblo, don Niceto mandó recado á su hermano Valentín de que le enviase el coche. Era una vieja tartanilla, con ventanas de bulliciosos cristales y muelles lastimeros, que dos caballejos, uno rucio y otro blanco, arrastraban. Al ver llegar el vehículo la irritación de la multitud aumentó. Los manifestantes silbaban y arrojaban piedras. Un nutrido grupo de mujeres, entre las que iba el tonto Ramitas, se puso al frente de los amotinados: casi todas eran vecinas de la Puerta del Acoso, hembras de armas tomar, familiarizadas con la sucia historia de «la casa del chopo». Sus pelambreras hirsutas, sus bocas improperadoras, sus brazos nervudos hechos á pelear con la tierra, agitándose furibundos, imponían miedo. Todas, á coro, voceaban:
—¡Que no se escapen! ¡Desenganchar los caballos!...
Avanzaban provocativas, seguras de que los mausers no harían fuego contra ellas. Animados por su ejemplo los hombres las siguieron.
En aquel instante la puerta de la cárcel se abrió y surgió don Niceto seguido de varios guardias civiles. A la luz débil de los faroles, la figura minúscula y asustada del juez parecía una mancha amarilla. Luego, entre bayonetas, salieron Rita y Toribio Paredes. La muchedumbre, á quien la presencia del juez durante segundos impuso respeto, reconoció á los criminales. La furia volvió á los corazones. En los espíritus las ideas de justicia y venganza se confundían. Las mujeres se desgañitaban:
—¡Mueran los asesinos!... ¡Mueran los asesinos!...
Llovieron las piedras y un guardia, herido en la cara, vaciló y fué retirado á la enfermería.
—¡Mueran los asesinos!—repetía la turba ganando terreno.
Los hermanos Paredes subieron al coche y tras ellos don Niceto Olmedilla, medroso, pero esclavo de su deber, y dos municipales. Los caballos partieron al paso. Alrededor del vehículo, firmes, estoicos, con ganas de tirar sobre el populacho, los guardias avanzaron. A intervalos, desde el pescante, Fermín, el mayoral, arengaba á los amotinados:
—¡Animales, no tiréis!... ¿No veis que vamos aquí nosotros y no tenemos culpa de nada?...