En pocos instantes los cristales de la tartana quedaron hechos añicos, y heridos, aunque ligeramente, las cinco personas que iban en ella. Rita lloraba; su hermano, callado, lívido, sin mover ni siquiera los párpados, parecía una estatua. En medio de aquel espantoso griterío recorrió el convoy toda la calle Larga. Fermín, que tenía magullado el cuerpo á pedradas, optó por ovillarse en el suelo del pescante; los guardias, perdida la paciencia, se defendían á culatazos; varios paisanos resultaron contusos. Al pasar por delante de la fonda, don Valentín, don Elías, don Juan Manuel, don Artemio, don Isidro, el alcalde y otras personas de significación, salieron valerosamente á la calle, exhortando á las turbas á retirarse, pero viéndose amenazados desistieron de su empeño. Por segundos la furia popular crecía. Algunas mujeres llegaron á querer detener el coche agarrándose á las ruedas. Un vecino de la calle del Sacramento trató de asestarle á Toribio una cuchillada en la espalda.
Cuando los fugitivos llegaron á la Glorieta del Parque Fermín fustigó vigorosamente á los caballos, que partieron al galope, mientras los guardias, desplegados en ala, resistían el choque de los acosadores. En la refriega, sostenida cuerpo á cuerpo, uno de los guardias recibió un navajazo en el vientre. Sus compañeros entonces, á quemarropa, hicieron fuego, y dos paisanos se desplomaron moribundos. A la desbandada las turbas huyeron.
De este modo, dejando tras sí un reguero de sangre, salieron los hermanos Paredes de Puertomares.
XXVIII
Consumada su venganza, don Gil, que vivía completamente ajeno á las peripecias de su vida nocturna, experimentó un bienestar inesperado. Nunca, desde la muerte del señor Frasquito, había sentido mayor plétora de salud. Dormía nueve horas, tenía ganas de pasear, de ir al Casino y hasta sus labios hubieron una vez un conato ó intento de sonrisa. Era una satisfacción íntima, analéptica, remozadora, que el hombre pequeñito no sabía á qué ocultos motivos referir.
«Estoy contento—solía decirse—; estoy muy contento, y, sin embargo, nada bueno me ha sucedido»...
Durante años, semejante á un escultor, su alma misteriosa había preparado y burilado su venganza. El deseo de castigar el asesinato de su padre, dió perseverancias sobrehumanas á su voluntad: él indujo á Frasquito Miguel á echarse en los brazos de Rita; él dispuso su muerte y la de sus hijos. Del odiado gorgotero no quedaría nada, ni aun la amante, que, según cábalas y previsiones de don Gil, en plazo no lejano rendiría su cabeza al verdugo. Realizado su plan, el brujo cruzóse de brazos, cansado y orondo.
Estas vacaciones proporcionaron á su alma un mayor enardecimiento amoroso, y, sobre todo, efervorizaron temerariamente aquel deseo que le empujaba hacia doña Fabiana. Como hombre que de todos los placeres terrenales sólo apetece uno, don Gil, en sueños, meditaba:
«No me importaría morir si esa mujer fuese mía... siquiera una vez...»
Mas, ¿cómo separarla de su marido? ¿Cómo preparar á su virtud una emboscada cierta?... Esto suponía que la señora de Martínez estuviese dormida y despierto don Ignacio, pues alejados entonces por el abismo que separa la vigilia del sueño, el veterinario no podría socorrer á su esposa. Desgraciadamente para don Gil, doña Fabiana se acostaba siempre después de su marido.