Una noche, alrededor de las diez, Fermín dormitaba en el zaguán de la Fonda del Toro Blanco, sentado en una silla, cuando la voz y la presencia de don Gil le despertaron. El hominicaco, evitando asustarle, le llamaba suavemente:
—Fermín..., Fermín...
Era un bisbiseo leve y blando. Abrió el tartanero los ojos, y reconociendo á su interlocutor, se levantó solícito.
—Mande usted, don Gil...
—Vengo á decirte que luego, á las doce en punto, estés con tu coche delante del portal de don Ignacio.
—Muy bien, don Gil.
—Procura ser exacto.
—¿Es que el señor Martínez va de viaje?
—Lo ignoro. Sólo te encargo que acudas donde digo á la primera campanada de las doce.
—Pierda usted cuidado; y, por lo que después pueda suceder, voy á echarles á los caballos un pienso.