En tanto hablaba, el tartanero miraba con cierto asombro á su interlocutor: parecíale más diminuto, más amarillo, que otras veces; como si fuese la imagen de don Gil y no su persona, en carne mortal, la que tenía delante.

Fuese el enano y Fermín, malhumorado y soñoliento, empezó á renegar de su raída fortuna. Pedro, el cocinero de la fonda, quiso saber el motivo de aquel enojo.

—¡Una friolera!—replicó Fermín—A los pobres todo nos sale del revés. Hoy pensaba acostarme en seguida, porque esta mañana me levanté cuando aun había estrellas, y acaban de decirme que vaya á media noche con la tartana á casa de don Ignacio.

—¿Para qué?

—No sé; me pareció imprudente preguntarlo.

—¿Cuándo te lo han dicho?

—Ahora mismo.

—¿Ahora mismo?... ¿Quién trajo el recado?

—Don Gil.

Pedro se asombró y, sin transición, su pasmo convirtióse en desdén y risa.