Doña Fabiana que, contra su costumbre, se había acostado temprano, creyó despertar y abrió los ojos. En pie, delante de ella, vió á don Gil. A la hermosa mujer no la extrañó que el hombre pequeñito hubiese penetrado hasta allí y á tales horas. Sin sobresalto, le preguntó:

—¿Ocurre algo, don Gil?...

—Sí, señora; su esposo se halla en mi casa y desea verla á usted.

Presa de repentino pánico, doña Fabiana miró hacia atrás, buscando en la cama á don Ignacio, y no le halló.

—¿Cómo; está enfermo mi marido?...

Don Gil hizo con la cabeza un gesto ambiguo, á la vez que se llevaba un índice á los labios. Sus ojos de color de cobre, sus ojos muertos, fríos, sin expresión, como los de los peces, señalaban hacia la niña.

—¡Chist!... hable usted bajo—musitó—; Antoñita podría despertar.

Doña Fabiana repuso, sollozante:

—Confiéseme usted la verdad, don Gil: ¿está enfermo Ignacio?...

Con la curiosidad de saber adelantó un poco el cuerpo, y los encajes de su camisa de dormir se entreabrieron un instante sobre el opulento tesoro del seno. Las mejillas de don Gil, temblaron.