—Don Ignacio—dijo—está un poco enfermo. Vaya usted á verle cuanto antes. Fermín la llevará á usted en su coche; le avisé hace un rato y está ahí...
Quiso retirarse. Ella se incorporó, bebiéndose las lágrimas:
—Espere usted, don Gil; espere usted; nos iremos juntos.
El hombre pequeñito hizo un ademán negativo, de silencio y misterio.
—No—dijo—no; yo saldré antes.
Y, mirando á la niña:
—No haga usted ruido...
Desapareció fantasmal. Inmediatamente doña Fabiana saltó del lecho, halló á tientas sus zapatillas, arropóse en una bata, se echó por los hombros un mantón y, á oscuras, buscó la salida del dormitorio. Iba ahogándose, como si una mano de gigante la oprimiese el corazón; pero el temor de despertar á Antoñita, la impedía llorar. Rápidamente cruzó el patio y empujó la puerta del taller. Sus pies se hundieron en el estiércol cálido.
En aquel instante don Ignacio, obedeciendo á un presentimiento indefinible, salía de su despacho. Durante varias horas estuvo examinando en sus libros de estudio el tratamiento de una operación que á la mañana siguiente debía realizar. Había trabajado férvidamente, sin que ni su voluntad ni su atención desmayasen un punto; apenas el interés de lo que estudiaba le permitió fumar. Y empero, de pronto, sin motivo, experimentaba un desasosiego íntimo, un deseo invencible de salir fuera de la habitación donde se hallaba. De un salto se levantó y abrió la puerta. La luz encendida sobre la mesa del despacho atravesó la longitud del taller pintando en la suciedad del suelo un rectángulo blanco. Martínez miró á todas partes; olfateaba un peligro. Cuando vió á Fabiana, un calofrío nervioso sacudió su carne. ¿A dónde iba su mujer? Avanzó hacia ella.
—¿Qué buscas aquí?...