Doña Fabiana demostró no reparar en él; sus grandes ojos negros estaban inmóviles; parecían mirar á lo lejos. Comprendió, sin embargo, lo que la preguntaban, y repuso acorde:

—Voy á la calle; que no se despierte la niña...

Entendió don Ignacio que su mujer se hallaba sonámbula, y la habló dulcemente.

—¿Vas á la calle?

—Voy á casa de don Gil.

—¿A casa de don Gil? ¿Para qué?...

—Porque mi marido está allí; está enfermo; don Gil ha venido á decírmelo. ¡Dios mío!... ¡Dios mío!...

Hablaba con don Ignacio sin verle, cual si la voz del albeitar naciera y resonase dentro de ella misma. Su actitud rígida, hierática, era la del éxtasis. Intentó avanzar. Delicadamente Martínez la detuvo por un brazo.

—Tu Ignacio está bueno y sano.

—¡No! ¿Cómo? No es verdad. Está enfermo. Me lo ha dicho don Gil.