—Don Gil no ha podido decirte nada. Tu marido soy yo; estás en tu casa, hablando con él. Mírame, mírame á la cara...

La cogió por la barbilla, procurando que detuviese en él los ojos.

—¡Mírame!...

Aquel contacto, un poco brusco, porque las manos de Martínez hasta cuando acariciaban eran impacientes, comenzó á desvanecer el sonambulismo de doña Fabiana. Su alucinación flaqueaba, perdía color, se desleía en la realidad como en un vaso de agua un pedazo de azúcar. Sin embargo, aun tuvo fuerzas para repetir:

—Don Gil me lo ha dicho... me lo ha dicho...

Don Ignacio agarró á su mujer por los hombros, y sacudiéndola de delante á atrás:

—Despierta, Fabiana, despierta. Estás soñando. ¡Oye!...

—¿Estoy soñando, verdad?

—Sí, sí. ¡Oyeme!...

—¿Verdad?... Estoy soñando...