Su voz adquiría una inflexión alegre de alivio y esperanza. Al cabo, de súbito, sus pupilas adquirieron movilidad; su rostro, hasta entonces impasible, como el de las estatuas, se contrajo, vivió; la emoción arreboló ligeramente el mármol de las mejillas. Miró en torno suyo con espanto: reconoció el local, reconoció á don Ignacio...

—¿Cómo estoy aquí?...

—Venías soñando—repuso Martínez.

Ella respiró mejor y abrazó á su marido. Sentía tranquilizarse la angustia y fatiga de su corazón.

—He tenido una pesadilla horrible—murmuró—; don Gil vino á decirme que te habías puesto enfermo en su casa...

Empezó á temblar. A su nerviosidad se añadía el frío que recogió al cruzar el patio. Sus piernas, sin medias, tiritaban; castañeteaba los dientes; se cruzó de brazos para abrigarse el pecho, mientras sus manos yertas buscaban la tibieza suave de las axilas.

Don Ignacio, diligente y con una emoción donde á la inclinación sexual del marido se mezclaba un afecto casto de padre, arropó á su mujer en la manta que él tenía en su despacho para abrigarse las piernas, y llevándola cogida por el talle y bien apretada contra el calor de su cuerpo, la ayudó á repasar el patio.

Apenas en su dormitorio, doña Fabiana se zambulló en el lecho. No se atrevía á moverse; el contacta frígido de las sábanas la causaba horror.

—Acuéstate—dijo á don Ignacio—; ya es muy tarde.

—Estoy concluyendo de tomar unas notas—repuso él.