—Déjalas para mañana. Ven. Si me quedo sola tengo miedo de que vuelva don Gil.

Don Ignacio, resistía, esclavo de su deber.

—Lo que traigo entre manos no admite espera. Pero no te apures: acabo en seguida; antes de quince minutos...

Para consolarla la palpó por encima de las mantas, y sobre los labios y en las mejillas la dió muchos besos.

Dos aldabonazos resonaron en la puerta de la calle.

—Han llamado—exclamó doña Fabiana palideciendo.

Don Ignacio advirtió su miedo y replicó zumbón:

—¿Si será don Gil?...

Absorta, ella repitió:

—¡Si será don Gil!...