Y hubo en su acento tal misterio que, bien á su pesar, Martínez sintió descender un estremecimiento de terror por su espalda.

—Veamos—dijo recobrándose—quién puede llamar á estas horas.

Sacó del cajón de la mesilla de noche su revólver y salió al patio. Dos veces, sin motivo, miró hacia atrás. Una inquietud supersticiosa le envolvía. Parecíale que á su lado, silenciosamente, como sobre unos pies de terciopelo, caminaba una sombra.

Al abrir la puerta el veterinario se encontró con Fermín. También reconoció el coche, cuyas luces de aceite abrillantaban los secos cuadriles de los caballos. El tartanero se destocó, respetuoso.

—Buenas noches, don Ignacio.

—Hola, Fermín. ¿Qué hay?...

—Nada, don Ignacio; dispense usted si llamándole le he molestado...

—No, hombre.

—Pero, yo me dije: «No sea que don Ignacio no me haya sentido llegar». ¡Pues, desde las doce estoy aquí!...

—No... no te había oído—repuso Martínez con aire maquinal.