—Iremos con usted hasta su casa—decían.
—No, no; muchas gracias; no es preciso. Créanme ustedes: estoy bien, completamente bien. Hasta mañana...
Y se fué dejando á todos asombrados. Hubo algunos comentarios. Después don Elías se puso sus gafas y cogió el periódico.
—Entonces, si ustedes quieren, leeré yo. ¿Dónde estábamos?... ¡Ah, sí! Aquí: Rita había dicho que veía y conversaba con don Gil Tomás en sueños.
«Fiscal.—¿Cómo se explica usted eso?...»
Prosiguió leyendo. Su voz caía, como lluvia benéfica, sobre la curiosidad de la tertulia; una curiosidad quemante, parecida á una sed...
XXXII
El proceso instruído contra los hermanos Paredes tomó, de pronto, un sesgo inesperado. Como las preguntas del fiscal y de los defensores, las contestaciones de los reos tenían una orientación telepática, un picante aliño abracadabro. En Puertopomares la curiosidad pública, aguijoneada diariamente por los periódicos, tocaba á las cumbres de una excitación morbosa. La multitud estaba dispuesta á amotinarse contra don Gil Tomás, y hacía una semana que el hombre pequeñito, tildado de asesino y de duende por la opinión, no se atrevía á salir á la calle.
De este criterio parecía participar también la Prensa salmantina. Un médico de mucha notoriedad y prestigio en la ciudad del Tormes, publicó una crónica explicando las relaciones entre el sueño y la vigilia, y cómo la voz teúrgica de las pesadillas puede dejarse oir en la realidad. Aquel artículo produjo impresión y animó á su autor á escribir otros. Un publicista spenceriano le contestó, rebatiéndole. Surgió una polémica. La conciencia colectiva, sacudida por tan punzantes novedades, se enardecía y flameaba como una bandera.
Apenas Rita Paredes se acordó de acusar á don Gil Tomás de la muerte del señor Frasquito y de sus hijos, el aspecto de los interrogatorios cambió. Toribio, á su vez, se declaró autor del asesinato del buhonero y confirmó puntualmente las palabras de su hermana.