«Yo no hubiese pensado nunca en matar á Frasquito Miguel—dijo—si don Gil Tomás, en sueños, no me lo hubiese aconsejado y ordenado; añadiendo que, si yo le complacía, él sabría arreglárselas de manera que el crimen no se descubriese.»
El Tribunal parecía impresionado. Había en las declaraciones de los hermanos Paredes una armonía absoluta, una categórica uniformidad de detalles. A porfía Rita y Toribio citaban frases, conversaciones, pormenores, que evidenciaban la sugestión criminal del hombre pequeñito. Los dos demostraban haber obrado bajo el imperio de un vigor oculto, inexplicable y fatal. Fue don Gil quien les aseguró que el señor Frasquito tenía su dinero escondido en tres orzas pintadas de verde; y quien explicó á Toribio el ardid de clavar una herradura en la maza con que había de matar, para que ante los ojos de la opinión el mazazo se convirtiese en coz; y quien, finalmente, obligó á Rita á desembarazarse de sus hijos, amenazándola con delatarla á la Justicia si no lo hacía. Los jueces estaban pasmados. Una luz nueva, un resplandor astral y extravagante, caía sobre el proceso y lo aclaraba. Lo que permanecía inexplicable era el motivo que pudo impelir á don Gil á exterminar de tan excéntrico y cruelísimo modo á Frasquito Miguel y á sus descendientes. El proceso salíase de sus moldes habituales y perdía su carácter contemporáneo para convertirse en una de aquellas causas por brujería, que apasionaron á la Edad Media.
Tan serio interés y alboroto acentuóse más aún cuando las declaraciones de Vicente López confirmaron, en cierto modo, la verosimilitud de cuanto últimamente los hermanos Paredes habían dicho. A su vez el Charro recordaba haber soñado diferentes veces con un hombre amarillo y pequeño, á quien no conocía, que porfiadamente le hablaba de que Rita tenía buenos ahorros y le aconsejaba volver á reunirse con ella. Ahora que sabía, aunque sólo de referencias, las trazas de don Gil, no dudaba de que fuese éste el individuo de sus pesadillas. Con claro desparpajo explicaba aquel reverdecimiento de su amor hacia Rita. Muchos años vivió sin acordarse ni de la mujerona ni de su hijo; otras mujeres y otros afanes ocupaban su corazón. Tampoco sufría remordimientos por haberla abandonado; el tiempo se había llevado su imagen muy atrás. Una vez, sin embargo, soñó con ella, y cuando despertó estaba triste. Varias noches consecutivas aquel ensueño se repitió. ¿Por qué? Vicente López llegó á preguntarse: «¿Habrá muerto?...» Durante todo el día una pesadumbre indefinible le acompañó, semejante á una sombra. ¿Es que las veleidades y alegrías de la juventud, vuelven en la vejez convertidas en lágrimas? Lo que en los años verdes fué risa, ¿será después, bajo la nieve de los cabellos, sollozo y dolor?... A estas preguntas respondió un hombrecito estrafalario. Aquel individuo exhortaba á Vicente López á reunirse con Rita. «Esa mujer te quiere como nadie te quiso—le decía—; con ella y tu hijo aun puedes ser dichoso». Sus palabras iban derritiendo poco á poco los hielos ingratos que sobre su corazón fué echando el tiempo. Y el Charro pensó: «¿Por qué no soplar y avivar el rescoldo? ¿Por qué no sentarse otra vez al calor de la vieja hoguera?...» A esta resurrección sentimental servía de poderoso abono el mal curso de sus negocios. Vicente López estaba arruinado, desprestigiado, y el dinero de su antigua amante constituía para él una salvación. Por eso se informó del paradero de Rita y con ansias, que igual podían ser de amor que de lucro, fué á buscarla; pero ni sabía que el señor Frasquito hubiese muerto asesinado, ni tuvo participación alguna en el execrable infanticidio del túnel.
La novelesca unanimidad de todas estas deposiciones pesó en el ánimo de los jueces y les determinó á reclamar la presencia de don Gil.
Apenas el mandato judicial llegó á Puertopomares, don Niceto Olmedilla se apresuró á cumplirlo. Sin perder instante, acompañado de su secretario y de dos alguaciles, personóse en el domicilio del enano. Al verle, el hombre pequeñito se inmutó, y la sorpresa acreció el livor de sus mejillas.
—¿Viene usted á detenerme, amigo don Niceto?
—Sí, señor. Es la orden que la Audiencia de Salamanca acaba de transmitirme. Usted sabrá, por los periódicos, que los Paredes le acusan del asesinato de Frasquito Miguel.
—Efectivamente; pero su afirmación es gratuita, descabellada... ¡carece de todo sentido común!...
En la expresión de sus ojos glaucos había una fuerte, indiscutible y sugestiva sinceridad. Don Niceto Olmedilla sintió el leal imperio de aquella protesta, y sus manos tuvieron un gesto de conciliación y disculpa.
—Lo comprendo—repuso—pero la humana justicia procede así, y en casos como éste, el deseo de descubrir la verdad la obliga á toda clase de tanteos y pesquisas.