La escena se desarrollaba en el comedor. Caía la tarde. Delante de la ventana abierta sobre el jardín, en la blanda palidez azulina del espacio, negreaba misterioso el ramaje cónico de un ciprés. Don Gil iba y volvía por la estancia, el andar lento, las manos metidas en los bolsillos del pantalón: más que inquieto, manifestábase humillado y enfurecido por aquel contratiempo que, á barrisco, irrumpía en su vida y la desordenaba. Con un esfuerzo de voluntad, demostró serenarse. Miró al reloj, pendiente del muro, entre viejos platos de Talavera y de Manises. Eran las seis.
—¿Cuándo hemos de marcharnos?—preguntó.
—El tren de las seis y cuarenta es el mejor. Nos conviene salir de aquí antes de que la noticia de hallarse usted requerido por la Audiencia se divulgue. Ya recordará usted lo que sucedió cuando nos llevamos á los hermanos Paredes á Salamanca.
—¡Es cierto!...
En un rapto de cólera, don Gil levantó los brazos sobre su cabeza; entre los puños de su camisa, sus muñecas débiles y sus manecitas blancas, impotentes, minúsculas, parecían las de un niño.
—¡Qué contrariedad, qué trastorno! Este incidente me obligará, tarde ó temprano, á marcharme de aquí. ¡Ya lo verán ustedes!...
Asomóse á un balcón y llamó á sus criadas, que platicaban en la calle con unos vecinos á quienes había alarmado la llegada del juez. Obedientes á la voz del amo las dos muchachas acudieron, y don Gil díjolas brevemente lo que debían hacer durante su ausencia. Pidió luego le colocasen en un maletín sus enseres de tocador, y sin otras dilaciones, marchando entre don Niceto y su secretario, y, seguido por los alguaciles, salió á la calle. Noticiosas de su detención muchas personas le miraban con recelo y asombro. En la Glorieta del Parque, delante del Parador del Sol y á la entrada de la calle Larga, la gente se detenía para verle pasar.
Con este nuevo aliño de brujería y ocultismo, tan del gusto popular, el interés de la causa aumentó. Los nuevos interrogatorios á que el fiscal sometió á los acusados, y los tenaces y enardecidos careos de éstos con el hombre pequeñito, tenían una orientación cabalística, un aroma de otra vida, que exasperaban la curiosidad.
XXXIII
La presencia de don Gil en la Sala donde se celebraba la vista, produjo, así en el público como en las personas del Tribunal, emoción fortísima. Jueces, letrados, periodistas, ujieres, todos admiraban la minúscula figura de aquel hombrecito sobre quien, á porfía, los tres procesados declinaban las peores responsabilidades. También advirtieron la expresión cerrada, preocupadora, de su rostro amarillo.