Don Gil Tomás afrontó aquel momento con bizarría. Traspuso sereno la barandilla que limitaba el espacio destinado al público, y subió los dos peldaños que facilitaban el acceso al estrado. La inverosímil pequeñez de su cuerpecillo, vestido de negro, la brevedad infantil de sus manos y de sus pies, y más aún la quietud de su cabeza, lívida y grave, dábanle las apariencias de un muñeco. Hubo un largo murmullo. Don Gil miró á su alrededor. Todo era rojo: la alfombra, el papel que revestía los altos muros, el dosel que daba á la mesa del Tribunal severo paramento, el ovalado respaldo de los sillones donde, semejantes á hojas otoñales, amarilleaban de vejez y fastidio las caras de los jueces. Suelo, paredes, muebles, naufragaban en la misma ola púrpura; un miraje alucinante, sanguinario, enloquecedor, sobre el cual las cabezas de los magistrados flotaban exangües y como truncas...

Después de responder á las generales de la ley, don Gil esperó cruzado de brazos. Iban á carearle con Rita. Su aspecto, su respiración, la mirada límpida de sus ojos, decían su inocencia. Apareció la mujerona. Desde el primer instante el fiscal encauzó el interrogatorio diestramente y sin divagaciones.

—Como usted sabe—empezó diciendo el representante de la ley—, aquí se han lanzado contra usted acusaciones gravísimas. Dos de los tres individuos complicados en el asesinato de Frasquito Miguel, dicen ser usted quien, con razones y consejos, excitando en ellos unas veces la codicia y otras su odio al difunto, les determinó y condujo al crimen. ¿Es cierto?

—No, señor. Todas esas aseveraciones son absurdas, y tomarlas en consideración me parece ridículo.

La réplica ardorosa y cortante, de don Gil, tuvo la virtud de endurecer un poco las cejas del señor fiscal.

—No debe el testigo—dijo—discutir los medios de que el Tribunal se sirve para esclarecer la verdad de los hechos. Nadie ha solicitado su opinión acerca de esto. Limítese, por consiguiente, á contestar.

Don Gil se inclinó, demostrando acatamiento y reverencia. Continuó el fiscal.

—¿Conocía el testigo al difunto Frasquito Miguel?

—Sí, señor.

—¿Desde hace mucho tiempo?