—¿Es cierto—preguntó—como diferentes veces ha manifestado usted, que el testigo la indujo á matar á Frasquito Miguel?

—Sí, señor.

—Hable usted.

Con leal vehemencia, la mujerona dirigió sus miradas y sus ademanes hacia el hombre pequeñito. Un gran cimiento de lógica, un fondo de verdad, de sinceridad, daba maravillosa trabazón á sus palabras, al parecer incoherentes. Don Gil la convenció de que debía asesinar al señor Frasquito, la dijo dónde éste guardaba sus ahorros y la aseguró que de aquel crímen la Justicia nunca sabría nada. Agregó.

—No había noche en que don Gil ó su alma... ¡ó lo que fuese!... no compareciese en la alcoba donde mi hermano y yo dormíamos, y unas veces á él, otras á mí, siempre nos decía lo mismo: «Que Frasquito Miguel no servía para nada, y que si le matábamos podíamos tener dinero y ser dichosos...»

Las palabras de la mujerona indignaron al hombre pequeñito, que empezó á gritar:

—¡Esa criatura está loca! ¡Sus palabras carecen de sindéresis!... Pero, ¿no lo comprende así la Sala?

Rita le increpó con una cólera que el respeto de las frases no bastaba á encubrir:

—No, señor, no estoy loca. Cuento lo sucedido. Yo desconozco los motivos que usted tendría para odiar á Frasquito Miguel y desearle la muerte; pero lo cierto es que eran muy raras las noches que usted dejaba transcurrir si recomendarnos que le matásemos.

—¡Falta usted á la verdad! Usted y yo no hemos hablado nunca: ni despiertos, ni dormidos, ni de ninguna forma.