—¿Que no, señor don Gil?

—No, señora.

—¿Y de la hecatombe del túnel, no tiene usted la culpa?

—¿Yo?... ¿Yo?...

—¿Usted no me ordenó que, antes de irme con Vicente López, matase á mis hijos, pues de no hacerlo diría usted á la Justicia que entre mi hermano y yo asesinamos á Frasquito Miguel?

A estas acusaciones replicaba don Gil Tomás con negativas rotundas y llevándose escandalizado entrambas manos á la cabeza. Cuanto Rita decía, punto por punto lo negaba el enano. Ni una sola vez consiguieron ponerse de acuerdo, y el careo, por tanto, á pesar de la excelente discreción y pericia del fiscal, no trajo luz ninguna al sumario.

Otro tanto sucedió en el careo verificado al día siguiente entre el hombre pequeñito y Toribio Paredes, lo que restó algún interés á la vista. Toribio exponía lo sucedido y explicaba la complicidad de don Gil en términos idénticos á los empleados por su hermana. Asimismo don Gil se obstinaba en una negativa intransigente, total y sin resquicios. El público empezaba á aburrirse.

En cambio, la declaración de Vicente López trajo una variante muy amena. Al ver á don Gil, el Charro tuvo un ademán de asombro; después aquella sorpresa fué convirtiéndose en miedo y supersticioso terror. Temblaba su voz ligeramente. Sus pesadillas acababan de objetivarse y de hacerse carne; carne real, viva...

—Con este hombre—dijo—yo he hablado en sueños muchas veces.

Las palabras de Vicente López causaron enorme emoción: eran sencillas, reveladoras, implacables. El fiscal preguntó á Vicente: