—¿Reconoce usted bien al testigo?
—Perfectamente, señor fiscal.
—¿Y por la voz, le hubiese usted reconocido también?
—No lo creo: ya sabe usted que en las pesadillas la voz de las personas que hablan con nosotros vibra en nuestro interior y no en nuestros oídos; quiero decir, que no suena realmente.
Las declaraciones de Vicente López y de los hermanos Paredes, ajustándose y completándose admirablemente unas á otras, constituían un terrible bloque acusador para don Gil. Indudablemente en los oscuros entresijos de aquel asunto había un secreto telepático. Si Toribio y Rita hubiesen acusado á don Gil desde el primer momento, hubiera podido creerse en un complot tramado por ambos para suavizar la gravedad de los cargos dirigidos contra ellos. Pero aquel rumbo que las indagaciones judiciales tomaron por los trigales del misterio, surgía de pronto, cuando los procesados llevaban más de veinte días de rigurosa incomunicación.
Las primeras frases en que Rita Paredes se acordó de presentar á don Gil como coautor del asesinato de Frasquito Miguel y de sus tres hijos, parecieron bañar en una nueva luz la conciencia de los otros dos acusados. Espontáneamente y con el franco ímpetu que inspira la verdad, Toribio y Vicente renunciaron á las posiciones en que precavidamente se habían encastillado: Toribio aceptó la parte de culpa que le correspondía en el crimen, y el Charro vió surgir del olvidado horizonte de sus recuerdos la imágen de un hombrecillo que, usando palabras insinuantes de amorosa emoción y melancolía, le aconsejaba buscar á Rita. La armonía de estas declaraciones era rotunda. Entre las de Toribio y su hermana, especialmente, ni una vaguedad, ni una contradicción, ni siquiera una leve discrepancia. En sus espíritus, la impresión de aquellos sueños criminales subsistía intacta. Ambos, por igual, habían experimentado las influencias telepáticas de don Gil, los dos evocaban con exactitud abrumadora, casi documental, el modo cómo aquellas alucinaciones nocturnas se producían, las palabras del sugestionador, su rostro, su traje, sus actitudes, el silencio con que se presentaba y se iba. Al par de Toribio, Rita citaba momentos, miradas, fechas y otros detalles terminantes.
Era imposible que los hermanos Paredes se hubiesen aunado para mantener semejante patraña; esto requería una memoria, un vigor de entendimiento y una sagacidad para la mentira, de que tanto ella como él, eran absolutamente incapaces. Por consiguiente, no se trataba de nada inventado: sus confesiones envolvían un misterio real, acaso un arcano problema científico. A saber: ¿Pueden los espíritus separarse de sus cuerpos durante el sueño? Y en caso afirmativo: ¿Pueden las almas conversar unas con otras y sugestionarse al extremo de realizar despiertas lo que determinaron hacer hallándose dormidas?... Para mayor asombro, las últimas declaraciones de Vicente López ratificaban las de los Paredes, y eran como una firma más estampada al pie de aquella especie de alegato en favor de la existencia de un mundo invisible.
Pero estas arriesgadas presunciones fracasaban ante los ademanes y las miradas, de vertical inocencia, de don Gil. El hombre pequeñito no sabía nada, no comprendía nada, de cuanto le decían. Todas aquellas imputaciones parecíanle calumnias odiosas, tretas abominables inventadas por la astucia de los criminales y que la incultura colectiva acogía con regocijo insano. Él apenas había tratado al señor Frasquito; él apenas salía á la calle de noche; su vida era transparente; vida sin viajes, sin recobecos, sin negocios, deslizada pacíficamente bajo las miradas de sus vecinos. ¿Quién podía reprocharle ninguna mala acción? ¿A quién había engañado? ¿Con quién había reñido? Para honrarle ¿no estaba allí su historia límpida, clara, impoluta, semejante á un cristal bañado en sol?...
Don Gil no mentía, y como las agitaciones de su vida nocturna huían de su espíritu con la vigilia, este olvido daba á sus protestas un acento irresistible de verdad. Si fuertes y leales eran las acusaciones que contra él dirigían los procesados, no eran menos enérgicos los gestos y las frases con que el hombrecillo se defendía; y esta indomable sinceridad hacíase temblor colérico en sus manos y fuego vengativo en sus ojos. Escuchando desapasionadamente á unos y otros, la Sala llegó á convencerse de que nadie mentía. Eran francos los hermanos Paredes, lo era Vicente López, lo era también don Gil. Mas, ¿cómo vincular la vida real á la fantástica? ¿Cómo conceder capacidad criminal y, de consiguiente, valimiento jurídico, á un sueño? Los Paredes y Vicente López aseguraban haber soñado muchas veces con don Gil, pero éste lo negaba. La certidumbre de tales pesadillas era indudable, y no obstante don Gil podía ser ajeno á ellas. Los fisiólogos no han conseguido medir aún el alcance de los sueños. Pudo la voluntad de don Gil presentarse una vez y muchas á los acusados y ejercer presión en ellos; pudieron éstos asimismo, soñar con don Gil, en cuyo caso la imagen del hombre pequeñito cesaba de tener sustantividad objetiva para ser un producto ó visión de la fantasía de los durmientes. Y en esta enmarañada selva de suposiciones gratuitas y resbaladizas apariencias, ¿dónde hallar la verdad?...
Al cabo, con muy sano acuerdo, los señores jueces decidieron atenerse á los hechos comprobados y renunciar á toda laya de pesquisiciones metafísicas; y pues la presencia de don Gil tuvo la virtud de arrancar á Toribio Paredes la confesión de su crimen, no quisieron obtener más de él y restituyeron al hombre pequeñito su libertad.