No obstante, estos interrogatorios y careos dejaron una estela fatal para el enano. Sus discusiones con Vicente López y los Paredes ante la Mesa del Tribunal, y los formidables cargos lanzados contra él, ratificaron en el vecindario de Puertopomares la antigua creencia de que don Gil Tomás, si no capacidades de hechicero, precisamente, tenía, cuando menos, ciertos dones extraños, poderes telepaticos, virtudes hipnóticas, que le permitian ejercer, á distancia, influencia sobre las personas. La opinión elogiaba la hábil cautela con que la Audiencia salmantina desdeñó el aura de brujería en que los tres acusados trataron de envolver al hombrecillo, pero reservábase el derecho de seguir creyéndole un empecatado y temible jorguín.

Como el tonto Ramitas que, de año en año, arrastraba por las calles su gruñido idiota, don Gil llegó á ser un tipo representativo. Ramitas personificaba la ignorancia ambiente; don Gil, la incultura, gofería y atraso de todos. En su cuerpecillo los fanatismos religiosos peores, las supersticiones, la fe en la virtud de las cosas ocultas, cristalizaron.

También parecía tener el rostro de la Muerte.

A nuestro alrededor, día y noche, en todos nuestros actos, en todas las conversaciones, en el agua demasiado fría que bebimos á destiempo, en el rayo de sol que calentó demasiado nuestra nuca, en el negocio que emprendemos, acecha la muerte. Su imperio aciago nos rodea. Es horrible considerar que la casa donde moriremos seguramente ya está edificada, que hay una escalera cuyos peldaños bajaremos en hombros, que la madera de nuestro ataúd existe ya. «¿Cuál es esa casa?—pensamos—¿Qué árbol, entre los millares de árboles que vi cruzando un bosque en tren, dará la madera de mi ataúd? ¿Qué sastre hará mi último vestido? ¿Cuáles serán el último teatro, la última ciudad, el último paisaje, que miren mis ojos? Y, de cuantas manos estrecharon la mía, ¿cuál cerrará mis párpados?»... Estas ideas el pueblo las asociaba al hominicaco del Paseo de los Mirlos. Don Gil Tomás, con su actitud, que destilaba silencio, y sus labios sin risas, debía de poseer la clave de tan terribles preguntas.

Prodújose contra él una reacción bárbara. Los vecinos más pacíficos pedían su destierro. En una taberna de la Puerta del Acoso, varios gitanos habían jurado matarle. Los hombres, que conocían por sus mujeres las grandes venturas nocturnas del enano, tenían celos de él. Los labriegos le hacían responsable de los pedriscos, de las escarchas y de los animales perdidos. Un rehalero aseguraba que una noche de tormenta, á la hora cabalística de las doce, vió á don Gil rondando la majada, y habiéndole arrojado con certera puntería una piedra, instantáneamente cesó de verle, de donde dedujo que no era su cuerpo mortal, sino su espíritu, el que por allí andaba.

La historia tenebrosa del hombrecito color de limón, florecía de nuevo en las tertulias del Toro Blanco y del Casino, y en los corrillos de la Glorieta. Don Ignacio Martínez, que nunca había hablado de la noche en que su mujer, sonámbula, quiso ir á buscarle á casa de don Gil, apremiado por la curiosidad de sus amigos, que tenían noticias de aquel suceso por Fermín, lo describió circunstanciadamente, y su narración produjo emociones rayanas en el terror cerval.

—Ahora comprenderán ustedes—decía el veterinario—por qué al leer que los hermanos Paredes acusaban á ese hombre de la muerte del señor Frasquito, tiré el periódico. Tuve miedo, lo confieso, un miedo que era frío y me llegaba á los tuétanos; miedo á lo sobrenatural, á los muertos... ¡no sé!...

A granel iban acumulándose contra don Gil Tomás recuerdos y detalles. La memoria benedictina de unos, la imaginación hiperbólica de otros y la ignorancia y malevolencia de todos, realizaban este infame milagro. Se recordaron el accidente que privó de la vida á Eustasio, el tonelero; la pesadilla profética de Ursula Izquierdo; el fin de Manuel Ayala, muerto en riña al día siguiente de tener una disputa con don Gil; el fallecimiento repentino de Juanita, la hija del carpintero Wenceslao; y los últimos momentos de Manolo Peinado, expirando en el silencio de una cita. Hasta las buenas acciones de don Gil, consistentes en señalar á las personas de su agrado qué asuntos debían emprender ó de cuáles les convenía guardarse, se revolvían en contra suya.

Acobardado por la hostilidad del ambiente, el hombre pequeñito se refugió en su casa, de la que salía apenas. Una tarde dos mujeres, que volvían de lavar, le encontraron tendido sin conocimiento entre unos matorrales, cerca del Malamula, y compadecidas de él le condujeron á su domicilio. Mientras le llevaban, reían y decían maliciosos donaires. ¡Pesaba tan poco!...

Meses tardó don Gil en reponerse de sus heridas. Durante este tiempo nadie se interesó por su salud. Luego se supo que fueron Luis Olmedilla, recién casado con Anita Fernández Parreño, y Romualdo Pérez, los autores de tan gentil paliza.