XXXIV

Llegada la noche, que era fría, y no bien terminaron de cenar, don Ignacio y su mujer se acostaron. Serían las nueve.

—¿Quién ha preguntado por mí esta tarde?—decía Martínez—; ¿Vino el jardinero? ¿Envió don Valentín las veinte pesetas que me debe?...

Doña Fabiana contestaba brevemente, los negros ojos medio cerrados. Tenía sueño. Entre el blanco embozo de las mantas y la escrupulosa albura de las almohadas, aparecían las cabezas del matrimonio: ella, saludable, carrilluda, opulenta, el hermoso rostro enmarcado por el ébano regio de sus cabellos; él, moreno, atlético, bigotudo, con algunos hilos de plata en el pelo áspero, cortado al rape sobre la frente estrecha, plana y llena de impulsos. Cerca del amplio tálamo y dentro de una camita muy linda y compuesta bajo un transparente balanquino de gasa azul, dormía Antoñita.

Gradualmente el interrogatorio de don Ignacio iba apaciguándose. También él tenía sueño y tiró á un rincón el chicote que estaba fumando. Doña Fabiana bostezó.

—¿Dormimos?—dijo.

—Bueno.

—Hasta mañana, entonces.

—Hasta mañana...

Cambiaron un beso. Ella dió media vuelta, buscando una actitud cómoda, y sus macizas caderas levantaron en el centro de la cama una hinchazón apetecible. Don Ignacio echó fuera del embozo un brazo faunesco, velloso y cobrizo, y apagó la luz. Por los resquicios de una ventana la claridad rubia de la luna tendía en la oscuridad del dormitorio hilos fantasmales. Aún doña Fabiana, la lengua entorpecida por el sueño, interrogó: