—¿A qué hora he de llamarte?

—A las siete, en punto.

Silencio. Casi inmediatamente los dos empezaron á roncar. Transcurrió mucho tiempo. Los gallos habían cantado ya varias veces. Eran más de las cuatro. De súbito, en la quietud del caserón, la voz atiplada de la niña vibró imperiosa, apremiante; su acento expresaba terror:

—¡Mamá... mamá!...

En el lecho de sus padres, sus oídos, hiperestesiados por el miedo, percibían balbuceos de angustia y rebullos extraños de lucha. Volvió á llamar:

—¡Mamá!... ¡Mamá!...

—¿Qué?... Voy...

Respondía doña Fabiana entre dientes. Antonia repitió incorporándose y con la garganta llena de lágrimas:

—¡¡Mamá!!...

La señora de Martínez despertó; respiraba difícilmente y tenía la frente y el cuello bañados en copiosísimo sudor.