—¡Qué sé yo por qué los escribí!... Los artistas producimos fatalmente, obedeciendo a un exceso de vitalidad que bulle en nosotros, y experimentando al producir placer inmenso, mas sin tener conciencia exacta de la condición benéfica o perjudicial, útil o perversa de nuestra obra.

Hablaba balbuceando, no sabiendo cómo disculpar la nefanda labor de toda su vida: y conforme su aturrullamiento y desconcierto de ánimo aumentaban, Balbina, obedeciendo a un fenómeno inverso, se sentía por momentos más locuaz y batalladora.

—Tú sostuviste repetidas veces—dijo—que tus libros eran muy buenos, ¿recuerdas?

—Sí.

—Muy morales.

—¿Morales?... Sí, seguramente son morales... ¿Acaso hay en la ética algún principio incontrovertible?

Gómez-Urquijo titubeaba, disimulando su pensamiento con respuestas ambiguas, oscilando como el equilibrista que corre sobre una maroma; mientras la anciana, para quien la vida del gran hombre no tenía secretos, continuaba acorralándole entre líneas paralelas de sólidos e incontestables argumentos.

—Yo recuerdo—prosiguió—que antes de casarnos publicaste Eva, tu libro más leído...

—Precisamente.

—Y luego, Cabeza de mujer... que fué atacado sañudamente por los críticos.