—No entiendo bien...
—¡Pero me entiendo yo... y basta!
Iba exaltándose, irritándose progresivamente en virtud de una idea que rebrinqueteaba vigorosamente por sus profundos y que no quería confesar. Era el gran secreto de su vida artística, la duda cruel que aheleó sus mayores triunfos, un misterio profesional incomunicable del cual se había preocupado pocas veces, y que entonces resurgía de improviso exigiendo una resolución definitiva y perentoria: el eterno combate entre lo moral y lo artístico, entre lo bueno y lo bello. Urquijo se frotaba las manos impaciente, nervioso; Balbina continuaba escrutándole atentamente, esperando una contestación.
—Pero di—añadió pasado un largo intervalo de silencio—; aclara mis dudas: ¿es que tus libros son malos?
El rostro venerable de Pedro Gómez-Urquijo expresó una angustia suprema, como si el íntimo combate que en momentos tales libraban el hombre y el escritor le desgarrase alguna fibra muy delicada, muy sensible. Pasados los primeros instantes de vacilación, el hombre y el padre vencieron al artista.
—Sí—repuso con voz apenas perceptible—; mis libros son malos, son libros funestos.
—¡Ah!
—Como autor, lo aplaudo y estimo dignos de parangonarse con los mejores; pero, como hombre que tiene hijas... ¿quieres que sea franco?... Pues, como padre... ¡palabra de honor!... los condeno.
—Entonces, ¿por qué los escribiste?
Formuló su pregunta, esa pregunta a la que tan pocos artistas geniales sabrían contestar, inocentemente, con la terrible ingenuidad del niño que dispara jugando sobre su hermano un arma de fuego. Urquijo se encogió de hombros, anonadado.