Habló largo rato, repitiendo las mismas ideas con porfía incansable.
—Sobre todo—agregó—, no quiero que lea ningún libro mío; ¡ninguno!
Balbina se estremeció. ¿Por qué? ¿Eran perjudiciales aquellos libros tan interesantes, tan apasionados y tan conmovedores que ella no pudo leer nunca sin llorar?
—Lo haré como tú mandas—dijo bajando la cabeza—; ¡pero todo lo que has escrito es tan sugestivo, tan admirable, tan hermoso!...
Durante treinta años, había asistido hora tras hora, a la concepción, planeamiento y ordenado desarrollo de aquellos volúmenes, base y escudo de la gloriosa reputación de Gómez-Urquijo. La idea primitiva, el concepto matriz de cada libro lo concibió Urquijo en el lecho, junto a ella, en noches interminables de vigilia cruel, durante las cuales el cerebro del artista trabajaba ayudado por las tinieblas del dormitorio, y sucesivamente fué viendo cómo aquella idea crecía y se perfeccionaba adquiriendo mayor nitidez y ramificándose con otras, y cómo el novelista bautizaba y movía los diversos personajes, intercalando en la narración sabrosos episodios y avanzando hacia el desenlace derechamente. Ella, en fin, mera espectadora de aquellas creaciones, las pensó y sintió tanto como su mismo autor, y luego había llorado de emoción repasando las cuartillas salpicadas de tachaduras y llenas de renglones trazados rápidamente, con esa letra gruesa y desigual de los hombres de acción y ayudado a la corrección de pruebas; y más tarde gustó, cual si fuesen suyos propios, los aplausos conquistados por el libro. En aquellos volúmenes había pedazos de su cerebro y túrdigas de su alma; los había visto nacer y desarrollarse, tal vez los inspiró... De suerte que al oír que Gómez-Urquijo abominaba de ellos, se atrevió a repetir varias veces y con los ojos bajos, a guisa de suave protesta:
—¡Como quieras, claro... eso nadie mejor que tú puede decirlo!... ¡Pero son tan hermosos, tan bonitos!...
—Sí, lo sé.
—Entonces...
—Por lo mismo que son muy hermosos, muy sugestivos, muy arrobadores... no quiero que los lea.
Ella repuso en voz muy baja, con una mansedumbre de sierva enamorada: