—Sí, sí—dijo—, quizá aciertes... Sin embargo, yo, que voy con Mercedes a todas partes y conozco a ese Roberto, nada he visto.
—¡Oh, naturalmente! Tú eres un espíritu candoroso, sencillísimo, que no sabe leer entre líneas, y esa ceguera tuya redobla mi inquietud...
—¡Oh, temo muchas cosas!... Temo que Mercedes se enamore de quien no lo merece, y de que el miserable explote en beneficio propio el corazón de nuestra hija, bastardeado por las enseñanzas de malos autores.
Se había retrepado colérico en su asiento, descargando una sonora palmada sobre el brazo del sillón; una ola de sangre arreboló sus mejillas, coloreadas habitualmente por el esfuerzo mental, y, bajo el doble arco de sus cejas blancas, los ojos brillaron iracundos.
—¿Quién niega—exclamó—, que Mercedes, excitada por la lectura de libros perversos, no codicie esos paraísos artificiales que finge la voluptuosa imaginación de las vírgenes ardientes, y pasiones y locuras y deleites sin guarismo?... Yo, que dediqué mi existencia a los libros, les tengo miedo. La influencia de las lecturas es más trascendental en la mujer que en el hombre, porque vuestra constitución es más delicada y más propicia por tanto, a asimilarse las ideas del autor. La virgen, ayuna, como se halla de toda impresión bastarda, lee ávidamente al azar, codiciosa de sorprender los secretos de una sociedad cuyo alegre rumor percibe a través de las puertas que la guardan. Aquel libro es el fruto prohibido, el mágico amuleto revelador de los secretos venusiacos que su inquieta doncellez vislumbra a despecho de los albos trampantojos de la inocencia, la llavecilla del mundo ignorado que habitan los risoteros gnomos de la felicidad y del deleite...
Gómez-Urquijo se detuvo.
Balbina continuaba pendiente de sus labios, mirándole fijamente, sin parpadear, como si en aquellos momentos solemnes las pupilas la sirviesen también para oír, fascinada por ese mismo recogimiento que inspiran a sus mujeres los grandes hombres. Aquello no era un diálogo; era un monólogo, una meditación en voz alta.
Urquijo prosiguió:
—La virgen lee y lee... sorbiendo el veneno de la realidad por sus ojos dilatados; unos capítulos suceden a otros, las escenas se multiplican. Allí aprende prematuramente las socaliñas de que las mujeres se valen para interesar el tornadizo corazón de los hombres, y los ardides que los conquistadores sagaces emplean para rendir la virtud de las mujeres; allí descubren que no siempre las esposas son fieles a sus juramentos y que hay innumerables artimañas para burlar la vigilancia de los maridos celosos; allí conocen el placer de las citas, los viciosos discreteos de los salones, los misterios de la alcoba, las artes de que han de servirse para acrecentar su hermosura y ser más apetecibles; allí, en suma, pierden el candor del espíritu, y sus imaginaciones tempranas envejecen rápidamente escuchando la voz enervante de la experiencia desencantada... Y ¡ah!... yo no permito que Mercedes, la hija de mi alma, sea una de tantas...