Ella salió consternada, andando de puntillas, con el sigilo inconsciente de la mujer que en treinta años de vida conyugal se acostumbró a no interrumpir nunca el silencio que su marido exigía para trabajar. Gómez-Urquijo quedó inmóvil, con el rostro apoyado en la palma de la mano, absorto en la contemplación de algo siniestro.

La habitación donde estaba era un vasto despacho rectangular, en cuyos testeros había grandes armarios-bibliotecas con puertas de cristales, tras los que aparecían centenares de libros, unos encuadernados, otros en rústica, y todos hacinados en caótico revoltijo, cual si estuviesen contagiados de la impaciencia de la mano febril que los manejaba. A un lado, junto al balcón, estaba la mesa en que Gómez-Urquijo escribía: una legítima mesa de trabajo, grande y sólida, sobre la cual no había tinteros de plata, estatuillas de Sevres ni ninguna otra mala especie de chucherías inútiles, y sí gruesos rimeros de cuartillas y libros a medio abrir; y junto a un quinqué de bronce con pantalla verde, una copa llena de tinta. De allí había sacado Gómez-Urquijo toda su gloria artística: su Eva y su Cabeza de mujer, los dos libros que le granjearon un puesto de honor entre los primeros novelistas de su época. La luz del quinqué derramaba sus suaves efluvios verdosos sobre aquella mesa donde los papeles escritos, las cuartillas en blanco, los libros con las márgenes salpicadas de obeliscos y de signos misteriosos, comprensibles únicamente para su autor, yacían amontonados y en desorden, como los muertos en campo de combate; y luego se esparcía por el resto de la habitación, alumbrando débilmente los cuadros y los retratos prendidos entre los mimbres de elegantes esterillas japonesas, reflejándose en la cristalería de los armarios y batallando tímidamente con las sombras que invadían los ángulos extremas, mientras el borde superior del tubo recortaba en el techo un círculo luminoso, semejante al nimbo que rodea la cabeza de los santos que adornan las páginas de los libros místicos. Frente a la mesa, colgado de la pared, había un reloj, en cuyas entrañas de acero resonaba el isócrono y angustioso tic-tac del tiempo en marcha.

Gómez-Urquijo continuaba meditando con el mentón apoyado sobre la palma de una mano, y la dramática contracción del entrecejo daba tirantez y tersura a la frente, que brillaba en la sombra con este color amarillento de los huesos viejos. En tales momentos su imaginación, recorriendo intrincados caminos, procuraba avenir ideas que, juzgadas someramente, no podían guardar conexión alguna, y que, sin embargo, implicaban lazos alarmantes entre las lecturas nocturnas de Mercedes y aquel Roberto Alcalá, a quien sus agudas suspicacias de viejo mundano y de padre, suponían recuestando el corazón de la joven. Cuando Balbina reapareció, andando, como siempre, de puntillas, el anciano la interrogó con los ojos.

—Sí—repuso ella—, se ha acostado, duerme... Podemos charlar sin embarazo.

Había tornado a sentarse en la sillita baja, apoyada de codos sobre las rodillas de don Pedro, con los ojos muy abiertos por la curiosidad y la cabeza caída hacia atrás, en la actitud del niño que espera oír una narración interesante.

—Te hablaré—comenzó diciendo Gómez-Urquijo—como si me dirigiese a un compañero de profesión; o, mejor que a un literato, a un amigo íntimo, a un hermano... puesto que el acendrado amor que nos une pondrá seguramente tus alcances a la altura de mi discurso. Yo, querida mía, entregado como estoy a mi absorbente tarea de sempiterno componedor de argumentos, vivo algo fuera de la realidad, en desequilibrio perpetuo, y tardo mucho en apercibirme aun de los hechos más evidentes y triviales... Y cuenta que otro tanto ocurre también en ti, aunque por opuestos motivos; pues yo no acierto a servirme cuerdamente de mis ojos, por tenerlos empleados en la contemplación íntima de dilatados horizontes, y tú, por exceso de candor (la inocencia es una miopía del entendimiento), tampoco sabes darle útil empleo a los tuyos. No obstante, días pasados tuve un momento de lucidez, de vulgaridad, si tú quieres, que me ha revelado la pista de un gran secreto. Cierta noche, al entrar en el comedor, sorprendí a Mercedes apoyada de codos sobre la mesa, leyendo un libro, devorándolo... Al verme, lo cerró violentamente y procuró ocultarlo echando sobre él su pañuelo. Aquella turbación descubría un pecado. Entonces, sin embargo, no dije nada... porque nada se me ocurrió; pero salí llevándome grabada en la memoria la imagen de lo que había visto: a Mercedes, con los ojos abrillantados por la emoción leyendo un libro, soñando con él... ¡Caso extraño! Yo, que en nada reparo, porque tengo un carácter despreocupado, insensible a los pequeños acontecimientos de la vida vulgar, recomponía continuamente aquella escena, tan insignificante al parecer, y poco a poco, cuando mejor la examinaba, mayor gravedad revestía. De nada de esto hablé contigo, por no alarmarte; pero durante varios días la imagen de Mercedes leyendo me robó muchas horas de trabajo. Veía el comedor, con sus muebles, sus cuadros, y a nuestra hija bajo el torrente que proyectaba la lámpara suspendida en el comedio de la habitación, con los codos sobre la mesa y la cabeza entre las manos, cuyos blancos dedos parecían mesar nerviosamente los negros rizos de su crespa cabellera de apasionada; inmóvil, devorando una historia de amor, convertida, tal vez ella misma, en heroína novelesca. ¿Comprendes?... Aquello me perseguía, me obsesionaba; era un recuerdo ineluctable, pertinaz, torturador, como una pesadilla...

Calló un instante para sumar alientos, y en el silencio de la habitación resonaron las diez campanadas del reloj, que luego prosiguió tic-tac, tic-tac, cumpliendo su fatídica tarea de restarle segundos a la vida. Balbina permaneció suspensa y boquiabierta, sin vislumbrar aún el verdadero fin a que iba enderezado todo aquel discurso, y con un rostro sobre el cual las palabras del anciano habían estereotipado los rasgos de una estupefacción suprema.

Don Pedro continuó:

—En los días sucesivos me dediqué a observar a Mercedes minuciosamente. Créeme, los grandes novelistas, y yo que he triunfado puedo clasificarme entre ellos, poseemos extraordinarias facultades de observación. No vaciles, por tanto, en admitir mis sospechas como rigurosamente valederas. Mercedes tiene un secreto... La vi pálida, cabizbaja, con el semblante marchito por el recóndito y fiero trajín de las ideas fijas, y reconocí que algún grave cataclismo se operaba en su alma. Entonces, recordando que mis libros ofrecen mujeres aquejadas de ilusiones inasequibles y de sensuales desvaríos, y que tal vez mi hija fuese una de tantas románticas enfermas, pensé en Roberto Alcalá, como pude pensar en otro hombre cualquiera, y temí el influjo que las novelas célebres y cuantos libros atienden más al recreo y esparcimiento del ánimo que a la edificación de las conciencias, ejercen sobre las imaginaciones inquietas. ¿Comprendes ahora?

La anciana, en efecto, empezaba a comprender.