—Sí, muy a menudo.

—Y de Roberto Alcalá, ¿qué sabes?

—Nada... ¿qué puedo saber?

El rostro de la sencilla anciana reflejaba curiosidad y estupor supinos y, aunque nada comprendía, continuaba observando el semblante impenetrable de don Pedro con ese prolijo afán con que los ajedrecistas de buena cepa estudian el tablero.

—¿Es cierto—prosiguió él—que Carmen y Roberto tienen relaciones?

—No lo creo: yo les he visto juntos muchas veces y no me parecen novios. Él la dice galanteos y ternezas que ella, a fuer de coquetuela, acepta riendo... pero no hay nada serio, nada formal.

—¿Y si Carmen y Nicasia fuesen el pretexto o la pantalla que Roberto y Mercedes emplean para comunicarse sin empacho?

Balbina se irguió en su asiento, arqueando las cejas y abriendo los ojos admirada.

—¡Cómo! ¡Imposible!... ¿Crees tú?... Yo nada he sorprendido.

—¡Oh, quién sabe!... Tú eres una inocente, una estatua que mira sin ver. Anda, entérate de si Mercedes se acostó, y vuelve...