Ella frunció ligeramente el sobrecejo, presintiendo la confesión de algo muy importante. Él prosiguió:

—Debías habérmelo dicho.

—Pues... no he pensado en ello... ¿Hice mal?...

Gómez-Urquijo no respondió.

—Yo ignoraba que las lecturas nocturnas fuesen perjudiciales—agregó Balbina—; Mercedes tampoco lo sabe. Se lo advertiré mañana... o luego...

Hablando así aproximó su sillita al sillón, fijando siempre en don Pedro sus ojos preguntones y solícitos de hembra complaciente. Balbina no adivinaba lo que el anciano quería decir.

—¿Son malos los libros?—murmuró.

—Sí—repuso él con voz profunda—; sí... muy malos; y cuanto mejor escritos, más funestos, más ponzoñosos, para la impresionable juventud que lleva los inquietos sentidos abiertos al pecado.

De pronto, cual si un ladino y sutil ingenio de psicólogo práctico hallase relaciones entre ciertos pormenores reales y las lecturas de Mercedes, agregó:

—Dime: ¿Carmen y Nicasia vienen mucho por aquí?