—Sí.

—Te llamaban libertino, anarquista... Y tú escribías, en todos los periódicos, terribles artículos, defendiéndote.

Don Pedro hizo con la cabeza un leve signo de asentimiento.

—Mas, por lo visto, argumentabas con sofismas y no con razones de buena ley, ya que ahora reconoces que tus enemigos tenían razón. ¿Cómo, Pedro? ¿En qué pensabas cuando firmaste obras de las que ahora reniegas?

Gómez-Urquijo se había levantado y vuelto a sentar, encogiéndose de hombros, arqueando las cejas, moviendo febrilmente sus finos labios de hombre nervioso.

—En mis libros—dijo—consigné lo que he visto, lo vivido... ¡Es natural! Los viejos parecemos libros de historia; sólo acertamos a hablar de lo que fué... También reconozco que soy un escritor pagano y que mis novelas forman una especie de oración admirable en loor de la carne omnipotente... Mas, ¿para qué defender la castidad cuando es una negación del deseo fecundo, una virtud estéril, como la mayor parte de las mal llamadas virtudes?... Miserables envidiosos me atacaron... ¿y qué?... El mérito de los artistas, como la belleza de las mujeres, se mide por los malos deseos que enciende... ¡Guerra, pues! ¡Hay que dudar del valimiento del escritor que no fué combatido, como debemos discutir la hermosura de la mujer que nunca fué deseada!...

Y exclamó, agarrándose desesperadamente a este sofisma, más propio de un especulador que de un artista:

—Esos libros son buenos; sí, son buenos... Puesto que se vendieron por millares, conquistando el abrigo y el pan de toda nuestra vida.

—Sí, es cierto—repuso Balbina con los ojos arrasados en lágrimas—; ¡se han vendido! pero, al escribirlos... ¿no pensaste que tu hija podría leerlos alguna vez?

Continuaron hablando más de una hora, que fué para Gómez-Urquijo de cruel martirio. De pronto había descubierto el espantoso vacío moral que informaba la labor literaria de su vida; sus libros eran malvados, tenía miedo de su obra, porque fué la obra de un pagano enamorado únicamente de la belleza y de la forma. Lo que no había comprendido en treinta años de combates artísticos, sostenidos desde el periódico y desde la cátedra del Ateneo, acababa de vislumbrarlo de sopetón viendo a Mercedes triste y empalidecida por el vaho venenoso emanado de novelas perversas. Él quiso castigar rudamente a los hombres libertinos enervados en brazos del deleite, sin ambiciones, sin ideales, indiferentes al progreso social, como ruedecillas inútiles que nada significan en los complicados engranajes del dinamismo humano; y a las mujeres adúlteras que destruyen con sus torpes liviandades el santo concierto del matrimonio, base inamovible de la sociedad; y a los ricos que explotan la juventud del proletariado, amasando sus fortunas con el dinero arrancado cruelmente a la miseria de los demás; y a los próceres avillanados que arrastran sus pergaminos por el fango del arroyo, y a los jueces venales y a los escritores cobardes y a los prohombres que ponen su influencia a merced de las mujeres bonitas... Tal fué la misión nobilísima a que Gómez-Urquijo dedicó sus afanes: combatió todas las ruindades, todas las intransigencias, todos los fanatismos, y luchó por cuanto estimó bueno y justo ciegamente, con ahinco y tenacidad admirables.