Pero el camino que eligió para la realización de tan altos fines no era bueno. Para fustigar a los jueces que se venden, a los aristócratas emplebeyecidos y a los libertinos desnudos de toda virtud, hubo de pintar en sus novelas jueces sobornables y próceres vagabundos y calaveras contumaces y mujeres de las más diversas categorías y temperamentos... Y estos personajes, obedeciendo a la idiosincrasia pagana del autor, no llegaron a encarnar el pensamiento de Gómez-Urquijo: todas sus mujeres eran hermosas, adorables, viciosas y ardientes, pero con un vicio extraño, que parecía causa y resultado inseparables de su belleza misma, y que, lejos de rebajarlas, las magnificaba y disculpaba; y todos sus hombres, si eran criminales, licenciosos y perjuros, lo fueron por motivos de tal magnitud y consideración, que sus liviandades encontraban desde luego fácil escudo y defensa. Aquellas figuras, lejos de inspirar repugnancia, cautivaban, atraían, seduciendo y encadenando el ánimo del lector con hechizos de un sutil y quintaesenciado sensualismo; era imposible odiar a aquellos galanes tan bizarros, tan gentiles y limpios de toda ruin levadura, que vivían lejos del mundo, enmollecidos sobre el regazo de sus amadas; ni a aquellas mujeres, divinas dispensadoras del sumo bien, tan discretas, tan alegres, que desfilaban por las páginas de los libros con un embelesador clamoreo de carcajadas juveniles. Don Pedro Gómez-Urquijo se había equivocado; quiso hacer una obra y compuso otra completamente distinta: era imposible arrancar de la lira voluptuosa de Tíbulo los duros acentos regeneradores de Juvenal; y él, que pretendió enmendar equivocaciones y corregir defectos, era también, por temperamento, un corruptor, un gran libertino, un gran escéptico, un gran voluptuoso. Y esto el autor de Eva y de Cabeza de Mujer lo había descubierto repentinamente, evocando el recuerdo de aquella escena que tan profunda emoción causó en su ánimo: a Mercedes apoyada de codos sobre la mesa del comedor, con su cabellera corta y áspera, su rostro pálido y sus ojos enigmáticos y negros de apasionada: inmóvil, absorta, leyendo una historia de amor, soñando con ella.
—El daño es irreparable—murmuró tristemente—, pues, aunque yo podría echar por tierra de un solo plumazo el monumento literario de mi vida, ¿dónde hallar valor y abnegación suficientes para perpetrar tan cruel suicidio?...
Balbina Nobos, enternecida, lloraba abriendo mucho los párpados y sin estremecer un solo músculo de su rostro, y las lágrimas rodaban pausadamente una tras otra por sus mejillas pálidas y fofas de burguesilla honesta que envejeció a la sombra.
—En fin—añadió don Pedro, deseando concluir aquella conversación dolorosa—, no hablemos más de esto; te lo dije todo, lo he confesado todo, puesto que mi vida de artista no guarda misterios para ti. Ahora te aconsejo que cuides mucho a Mercedes, que avizores ladinamente todos sus quehaceres, que nunca la dejes salir sola a la calle. Vive alerta y con la barba sobre el hombro, Balbina mía, porque la tentación es demonio taimado para quien no hay conciencia inaccesible, ni sueño tranquilo, ni alcoba bien cerrada. Procura sondear su ánimo, infundiéndola confianza para que, sin empacho, te abra el cofrecillo sellado de sus secretos; participa de sus deseos, siente con ella, háblala de amores: si acaso notases que desea un aliado, finge ponerte incondicionalmente de su lado y en contra mía, para engañarme. Repítele aquello de: «A tu padre no se le pueden decir ciertas cosas, porque los hombres, etc...» Y si por un momento lograses hacerla olvidar que es hija tuya, veríamos logrados nuestros deseos; en el terreno de la confianza, los amigos suelen tener sobre los padres grandes ventajas. Hazlo así; yo no puedo ocuparme de todo...
Ella arqueaba las cejas con expresión dubitativa de persona a quien encomiendan una empresa muy superior a sus alcances. Gómez-Urquijo se había levantado, y mientras arrastraba lentamente su sillón hasta su mesa de trabajo, añadió:
—La tranquilidad de nuestra vejez descansa en el porvenir de Mercedes; los hijos son una prolongación de nosotros mismos. Mercedes es mi mejor obra; procuremos tú y yo que la posteridad no murmure de ella. Sería imperdonable que yo, que fuí víctima de mis libros, consintiera que la hija de mi alma lo fuese también.
Después, sentado delante de la mesa, consultó rápidamente un libro, cogió un puñado de cuartillas y púsose a escribir con esa letra ancha y gruesa de los espíritus vigorosos. Escribía sin vacilaciones, tachando muy poco, y mientras su mano derecha iba encerrando las ideas en rosarios interminables de palabras, los dedos de la siniestra mano oprimían nerviosamente las cuartillas, maltratándolas, como despechados de no poder servir para más altos menesteres. La pantalla verde del quinqué reconcentraba su luz sobre la mesa, y en la penumbra, agobiando el angosto tórax de Gómez-Urquijo, surgía su admirable cabeza apostólica, con su frente bombeada de pensador, sus grandes ojos azules abrillantados por el fulgor enfermizo de la inspiración, su nariz aguileña, sus finos labios de hombre nervioso, violentamente contraídos, y sus mejillas arreboladas por la sangre que el esfuerzo mental atraía al cerebro.
Balbina continuó acurrucada en su sillita, abstraída en la contemplación indecisa de esas imágenes incoloras y desligadas de toda noción de espacio y tiempo, que mecen el espíritu de los irresolutos. Luego, aburrida de sí misma y de la estéril vaguedad de su preocupación, se levantó y fué a sentarse junto a la mesa, deslizando sin ruido sus zapatillas sobre el suelo alfombrado. En seguida, tímidamente, murmurando un: «¿No te molesto?...» que no obtuvo contestación de don Pedro, alargó su mano, una mano plebeya, gruesa y salpicada de hoyuelos, y cogió un libro, uno cualquiera, que abrió por cualquier parte... La lectura le interesaba muy poco: lo importante era acompañar al anciano, al pobre compañero de su vida, que estaba allí, amarrado al ingrato sillón del trabajo, escribiendo para ganar el abrigo y el indispensable regalo de todos. Durante treinta años, Balbina Nobos había hecho lo mismo. Todas las noches, después de cenar, en cuanto Gómez-Urquijo ponía manos a su absorbente labor de emborronar cuartillas, ella iba a acompañarle, esperando la llegada del sueño, que no solía tardar. A veces el anciano levantaba maquinalmente la cabeza, y al encontrar la mirada de Balbina, preguntaba con acento breve:
—¿Qué haces ahí?...
Ella, cual si la hubiesen sorprendido en el momento de cometer una grave falta, respondía: