—Nada... estoy viéndote...
—¿Por qué no te acuestas?
—Luego, cuando acabe de leer...
Aquello era un pretexto; ella no leía, no hubiera podido leer, por más empeño que en ello hubiese puesto. Su espíritu candoroso de niña enamorada eternamente, permanecía embebecido en la contemplación idolátrica del hombre amado. Seis lustros de vida conyugal no bastaron a destruir el hechizo de aquella pasión. Mientras Gómez-Urquijo trabajaba, Balbina le ceñía en una mirada triste y de indefinible dulzura: los años, más tenaces en su obra demoledora que los gusanillos que destruyeron el puente de Milán, fueron modificando insensiblemente la expresión de aquellos ojos, que al principio miraban con afán inquieto de mujer celosa y más tarde declinaron empequeñeciéndose un poco conforme se marchitaban, y escondiéndose en el fondo de sus cuencas, desde donde observaban el mundo con una mirada dulce y melancólica de abuela. Gómez-Urquijo nunca llegó a darse cuenta exacta de aquella veneración que le tributaban, ni de aquellos ojos que le escrutaban, detallando las arrugas de su frente y los febriles movimientos de su mano; aquellos ojos que se secaron mirándole y bajo los cuales pudo decir, sin resquicio de hipérbole, que había encanecido. Balbina no tardaba en recibir el asalto del sueño que llegaba dominándola en seguida, con esa fuerza con que el cansancio se impone a la débil constitución de los viejos y de los niños: entonces cerraba el libro y se acercaba a don Pedro, ofreciéndole el beso de despedida; se lo daba en la mejilla o en la nuca, pero ligeramente y como a hurtadillas, para no distraerle; y luego salía dirigiéndose hacia la puerta con pasos silenciosos de enfermera.
Aquella noche Balbina, preocupada por las advertencias de Gómez-Urquijo, miró a su marido menos que otras veces. Pensaba incesantemente en la difícil comisión que acababan de encomendarla, y no sabía por dónde empezar ni cómo conducirse: aquello de captarse la confianza de Mercedes, hablarla de amores y fingirla protección y ayuda para así llegar más fácilmente a conocer la verdadera orientación de sus sentimientos... todo esto que el espíritu zahorí de don Pedro encontraba tan llano y accesible, a Balbina la parecía una quimera inejecutable, como la de tender un puente sobre un abismo. Interrumpiendo el silencio de la habitación sólo resonaba el tic-tac desesperante del reloj, y el vigoroso ir y venir de la pluma que corría sobre las cuartillas.
De pronto Gómez-Urquijo que, a pesar de su trabajo, había de estar pensando en las mismas ideas que a su mujer atormentaban, levantó la cabeza preguntando con repentino sobresalto:
—¿Harás lo que te dije?
—Sí.
—¿Pronto?
—En seguida.