—Desde mañana mismo...
—Sí, desde mañana; en cuanto me levante... veremos... Tú me ayudarás...
—Sí, yo te ayudaré; pero no te abandones fiándolo todo en mí...
Reanudó su tarea para interrumpirla momentos después.
—Infórmate bien—dijo—del carácter de sus amigas, de si tiene amores... apodérate bien de su ánimo; no pongas al alcance de su mano ningún libro que yo no conozca; y, especialmente, apártala de los míos... ¡No digo más!... Cuida mucho a Mercedes, presérvala de devaneos, siempre perjudiciales al recato y buen nombre de una doncella; líbrala de las malas amistades, del pernicioso contagio de los malos libros... y, a todo trance, cueste lo que cueste, guárdala de mí. Acuérdate, Balbina, que el peor enemigo de nuestra hija soy yo...
No dijo más, ni Balbina Nobos osó tampoco replicar palabra, y en el ámbito del despacho volvieron a resonar simultáneamente, con porfía incansable, como queriendo sobrepujarse el uno al otro, el rasgueo febril de la pluma, divina ejecutora de todo lo que queda, escarabajeando sobre las cuartillas, y el sempiterno tic-tac del reloj, abominable aparato contador de todo lo que huye.
Aquel combate se prolongó durante muchas horas: la pluma batallando por perpetuar el recuerdo de una vida, la gloria de un hombre; y el reloj fatídico negándolo todo, burlándose de todo, triturando la vida y la gloria entre las dos sílabas de su negación eterna: tic-tac, tic-tac...
II
El paternal ¡alerta! de Gómez-Urquijo llegaba tarde. Mientras los dos ancianos discutían los ocultos motivos que desde hacía poco tiempo iban trocando en mustio y retraído el antes expansivo y decidor carácter de Mercedes, la joven entró en su cuarto, encendió una luz y empezó a desnudarse prestamente, quitándose sus vestidos con una especie de horror: las enaguas cayeron delante de la mesilla de noche; el cuello de pieles y el corsé fueron arrojados sobre un sillón, y las medias enrolladas quedaron olvidadas sobre la alfombra, como anillos de una enorme serpiente rota...
Ya en el lecho, ese fiel encubridor de los grandes secretos femeninos, Mercedes sacó del seno un papelito plegado en varios dobleces, aproximó la luz para ver mejor y apoyada sobre un brazo con orientalesco abandono, púsose a leer, alargando el hociquillo, frunciendo el entrecejo y haciendo otros hechiceros mohines de mujer que no entiende bien lo que va leyendo. Aquel billetito era de Roberto Alcalá, quien la citaba para el día siguiente.