«Mañana, a las tres de la tarde, te aguardo en la plaza de Oriente, bajo los arcos del Teatro Real. Carmen o Nicasia irán a buscarte. No faltes. Te quiero con toda el alma. Recibe sobre los párpados mis mejores besos...»

Unos cuantos renglones compuestos de frases banales, escritos con lápiz sobre la margen de un periódico, y que no obstante encerraban todo un poema de pasión ardiente, las palabras más dulces del vocabulario amoroso, los compases más tiernos, más arrobadores del eterno vals de los deseos... Mercedes besó rápidamente la firma, avergonzada de reconocerse aquella tan grande debilidad pasional, y tornó a leer el billetito apreciando bien los pormenores de la cita.

«A las tres de la tarde... en la plaza de Oriente, bajo los arcos del Teatro Real.»

Y esto lo repitió varias veces, procurando grabarlo en su cerebro profundamente, recelando la posibilidad de que la amorosa esquelita se perdiese. De pronto, oyendo que doña Balbina iba acercándose por el carrejo con sus mesurados pasitos de enfermera, la joven extendió el brazo y apagó la luz, para que la creyesen dormida. Después sintió que empujaban la puerta suavemente y en la penumbra indecisa, recortada por el marco, apareció la silueta de la anciana, que alargaba la cabeza, conteniendo la respiración:

—Niña... Mercedes...—murmuró—; ¿duermes?

Ella no contestó, permaneciendo inmóvil y doblada sobre sí misma, hecha un ovillo. Balbina repitió bajando la voz:

—¿Duermes?...

La joven sonreía silenciosamente, recreándose con pueril ufanía en el engaño de su madre y comprendiendo que con aquel mutismo se ahorraba una conversación, por lo intempestiva, enojosa; pero muy luego dejó de reír, temiendo que delatasen su insonoro contento sus blancos dientecillos de lobezna, brillando en la obscuridad bajo la acción de aquel tímido resplandor lejano que recortaba el perfil de doña Balbina sobre la borrosa claridad del pasillo. En el silencio del dormitorio susurraba su respiración, suave y rítmica como la de quien se acostó muy cansado: y cuando la anciana, sin maliciar la superchería de que era objeto, cerró la puerta y echó de nuevo pasillos adelante buscando el despacho, andando siempre con sus cautelosos pasos de mujer tímida, Mercedes volvió a sonreír estremeciéndose toda ella de cabeza a pies, con una nerviosa sensación de regocijo y frío.

Durante algunos momentos estúvose queda, prestando oído atento, convenciéndose de que estaba sola y de que nadie volvería a quebrar el hilo de sus meditaciones. Pensó en Roberto, en los incidentes de la última cita, en los que acaso habían de salpimentar y embellecer la entrevista próxima...

El prodigioso secreto de abultar las cosas más insignificantes y restar importancia a lo realmente considerable y digno de ser tenido en mucho; el saber imprimir interés, novedad y pique novelesco a lo trivial, mientras se permanece en las situaciones extremas brazo sobre brazo, sonriendo a la muerte con esa tranquilidad admirable que infunde la inconsciencia del peligro; eso de olvidar lo repugnante, lo deforme, para mejor aquilatar la parte bella de los hechos, o de dulzurar las pesadumbres arropándolas en las consoladoras medias tintas de una suave poesía melancólica; esas sutiles metamorfosis psicológicas, esos trueques de sentimientos de tristes en regocijados y de alegres en nostálgicos; pero con una nostalgia que tiene algo de convencional, puesto que sólo produce una voluptuosa sensación de sufrimiento que nunca llega a la cruel mordedura del verdadero dolor; todo eso, tan delicado, tan altamente artístico, forma la felicidad inimitable de los veinte años. Cuando la inocente niñez deja de sonreír entristecida por los primeros balbuceos pasionales de la ardiente mocedad, el mundo se transforma y una nueva existencia saturada de perfumes jamás aspirados, de lejanías nunca vistas y de tiernos arrullos no escuchados, surge de la vacía existencia infantil. La retozona pubertad acaricia los nervios con lúbricos cosquilleos, la sangre corre bajo la piel inspirando una necesidad perentoria de luchar, de emplearse en algo; por las noches, en el silencioso recogimiento de los dormitorios que abrigaron la desvalida niñez, que acaba de pasar, se oye el recio bataneo cardíaco y los oídos zumban, aturdiendo el cerebro del adolescente con murmujeos extraños, cual si aquella sensación, puramente física, fuese el eco con que responden las alcobas honradas al lejano desconcierto de las pasiones... Y entonces es cuando por primera vez reconoce el joven que hay bajo el virtuoso techo del hogar paterno algo inexpresable que ahoga. El sol agostador del Deseo asciende lentamente, vistiendo el porvenir de púrpura y recamando el cielo añilado de la esperanza con cirrus que fingen caderas y voluptuosos contornos de mujeres desnudas; el vaho de las pasiones represadas sobajea la piel con efluvios magnéticos, la brisa susurra entre el boscaje vecino cantos de amor. Todo vibra en nosotros, todo conmueve intensamente, hablándonos un lenguaje sólo para nosotros comprensible: la alondra que trina en el espacio saludando los risueños resplandores del amanecer, la campana de la ermita que dobla, recordando con sus místicas vibraciones la celebración de la primera misa; las cigarras que cantan bajo los hierbajos durante las horas abrasadoras de la siesta; el búho que interrumpe con su grito fatídico el silencio hierático de los bosques; y de igual modo y aun en los momentos más diversos; los acordes de una música, la lectura de unos versos que responden a cierto estado de nuestro espíritu, el perfume que esparcen tras sí los vestidos de una mujer que pasa... todo interesa, y las impresiones resuenan dentro del alma con eco solemne, como retumban los ruidos del mundo en los ámbitos de las majestuosas catedrales antiguas.