Ésta era la turbulenta crisis psicológica porque atravesaba el espíritu de Mercedes.
Su niñez se había deslizado tranquilamente, sin hermanos con quienes jugar, sin amiguitas, siempre encerrada en casa, libre de esos menudos divertimientos que llenan la amariposada existencia de los niños. Al colegio no fué nunca; doña Balbina la enseñó a rezar, luego aprendió con su padre a leer, escribir, un poquito de geografía y de historia, con algo de aritmética y de ciencias naturales; y mucho más tarde estudió el piano con una profesora francesa que daba lecciones a domicilio. Los primeros años de su vida dejaron en Mercedes muy pocos recuerdos: siempre veía la misma escena, el mismo cuadro, silencioso y tranquilo; a Gómez-Urquijo encerrado en la modesta habitación que le servía de despacho, sentado delante de una mesita, escribiendo con los ojos muy abiertos y la mirada inmóvil del hombre que mira cosas distantes; y a doña Balbina trajinando por la cocina, ora encendiendo la lumbre, ora fregando cacerolas y platos, o bien en el comedor, repasando la ropa blanca que iba sacando de un gran cesto. Del semblante que entonces tenía doña Balbina, Mercedes no recordaba, sin duda, porque jamás hubo en él un rasgo vigoroso; pero sí conservaba, aunque vagamente, la imagen de su padre, con su larga melena de trovador, su nariz aguileña y su ancha frente, autorizada por el profundo pliegue vertical de la reflexión y de la cólera.
Don Pedro permanecía en su casa poco tiempo, eran muchas las noches que no dormía en ella, y algunas veces estaba ausente tres y cuatro días. Aquellos alejamientos los soportaba doña Balbina con admirable resignación de mártir, y en su rostro amargado por un gesto de conformidad y de melancolía imborrables, jamás llegó a traslucirse ningún sentimiento anormal de impaciencia o despecho. Se levantaba temprano, preparaba el desayuno, iba y venía por las habitaciones barriendo, sacudiendo el polvo de los muebles, charloteando con su hija que la seguía a todas partes, hablando siempre una conversación infantil de mujer sencilla que sólo está separada de la niñez por los años. Todas estas operaciones de la mecánica casera las ejecutaba doña Balbina sin reír, sin levantar nunca la voz, silenciosamente, cual si hubiese algún enfermo grave muy cerca de allí; obedeciendo, tal vez inconscientemente, a la inveterada costumbre que tenía de no interrumpir a don Pedro en sus horas de trabajo. Por las tardes, doña Balbina se sentaba en el comedor a repasar las ropas que lo habían menester, o a leer; y si allí no había bastante luz, se trasladaba a la cocina que era muy clara, o al gabinete, pero nunca al despacho, cual si temiese profanar con su presencia la majestad del santuario donde su marido escribía. Después de cenar aquella joven, envejecida prematuramente por dentro, sentaba a su hija sobre sus rodillas y rezaban juntas; luego se acostaban. Algunas veces la niña preguntaba:
—¿Y papá?
Doña Balbina respondía invariablemente con su cristiana mansedumbre de cordera:
—Trabajando, hija mía; trabajando para nosotras...
Y se dormían la una en brazos de la otra, como queriendo consolarse mutuamente de la soledad en que vivían. Entonces tenía Mercedes siete años.
Cuando Gómez-Urquijo volvía, hija y madre acudían a recibirle. Él abrazaba a Balbina, besándola apasionadamente sobre los labios, deseando compensarla en un instante de sus tristezas y desamparo: luego aupaba a Merceditas, chillándola y zarandeándola hasta conseguir ponerla de mal humor. Balbina preguntaba:
—¿Dónde has estado?
—Por ahí... mujer, trabajando; ya sabes... La brega eterna. Anoche pensé venir, pero a última hora fuí a la redacción y luego me llamaron por teléfono desde la imprenta, para la corrección de unas pruebas... ¡Ah!... Los ensayos de mi drama han vuelto a interrumpirse: creo que la noche del estreno no llegará nunca...