Doña Balbina, olvidando completamente sus propias pesadumbres, murmuraba enternecida, besándole:
—¡Pobrecito, cuánto trabajas!...
—Sí, hija mía... mucho... Diríase que mi trabajo es de los que se pagan por horas.
Y no mentía: la palidez de sus mejillas y de su frente, el pliegue desdeñoso de sus labios, el círculo violáceo que rodeaba sus grandes ojos azules, traicionaban ese agotamiento íntimo del hombre que discurrió febrilmente durante muchas horas. Luego, como artista que antes de volverse al mundo de sus quimeras quiere conocer rápidamente la realidad donde vive, preguntaba:
—¿Cómo te encuentras?
—Bien.
—¿Y la niña?
—Ya la ves, hecha un torito...
—¿Ha venido alguien?...
Generalmente la respuesta era negativa, porque Gómez-Urquijo, para ocultar la modestísima estrechez en que vivía, cuidaba de no descubrir a nadie las señas de su domicilio. Después de aquel breve interrogatorio, don Pedro solía sacar del bolsillo un periódico que entregaba a su mujer: