—Toma y no lo pierdas...
—¿Qué es?...
—Poca cosa; un envidioso que habla mal de mí... Un artículo sangriento. Guárdalo; de todo eso necesito vengarme cruelmente cuando suene para mí, con la hora del triunfo, la hora divina de las represalias.
Después, sin perder minuto, se encerraba en su despacho, a escribir, y la casa volvía a sepultarse en su melancólico silencio de sacramental.
Aunque sujeto a la mesa del trabajo, el espíritu de Gómez-Urquijo llenaba todas las habitaciones. Doña Balbina parecía más animosa y sus ojos reflejaban el fulgor de un íntimo contento, había más graciosa soltura en sus ademanes, sus dedos manejaban la aguja con más facilidad; a cada momento salía del comedor y entraba en la cocina, inspeccionando la lumbre, destapando las cazuelas, para cerciorarse del buen estado de los guisos; y si Mercedes empezaba a cantar, la imponía silencio mansamente, llevándose el índice a los labios.
—¡Chist!—decía—calla... no molestemos a papá...
La presencia de Gómez-Urquijo le producía desasosiego invencible e iba a verle muchas veces, so pretexto de llevarle un vaso de agua o de arreglarle el quinqué; por su gusto hubiese estado siempre junto a él, a sus pies, apoyada de codos sobre sus rodillas, viéndole trabajar: pero se contenía temiendo distraerle y procuraba dominar su nerviosa inquietud en menudas labores, esperando que llegase la hora de cenar, única ocasión en que podía tener con don Pedro algunos momentos de conversación tranquila y sabrosa.
Mercedes, a despecho de su niñez, comprendía aquellas sensaciones que dejaron en su memoria una impresión que los años limadores no pudieron borrar.
Recordaba muy bien la distribución y ornamento de la pobre casita donde nació: con sus suelos sin alfombrar, sus ventanas sin visillos y sus paredes desnudas. Aquellas ventanas, por cuyos limpios cristales se veía en los días invernosos un gran pedazo de cielo gris y vastos solares cubiertos de nieve, iluminaban el interior de las habitaciones con una luz cruda y triste: eran habitaciones muy grandes que reforzaban con su vacuidad el vigor de los ruidos y en las cuales la falta de muebles movía inconscientemente a hablar en voz baja.
En medio de tan lastimosa estrechez, Mercedes era feliz, y profesaba un afecto especial a cada uno de los muebles que componían aquel modesto ajuar. Su madre la había enseñado a quererlos con un amor sencillo, firme y apasionado de fetiquista, cual si fuesen una prolongación de la familia, una especie de seres inferiores, semiconscientes, que les acompañaban y servían viviendo una existencia inexplicable. En aquel hogar la voluntad del cabeza de familia era omnipotente, y como todo procedía de él, todo también, y en justa compensación, debía servir para su regalo y agasajo. La cocina, con sus rimeros de platos y sus bruñidas cacerolas, el comedor con su mesita de nogal, su media docena de sillas y su espejo, un magnífico espejo adquirido milagrosamente en una almoneda, resto ostentoso de un opulento mobiliario deshecho; el dormitorio, con su amplio lecho matrimonial y su cunita de hierro; la casa, en fin, toda ella, con sus luces y su autoridad de hogar honrado, eran obra de Gómez-Urquijo, y las mismas doña Balbina y Mercedes, dos ruedas más de aquel andamiaje que don Pedro sostenía con su esfuerzo. Esta idea de su inferioridad y dependencia la aprendió Mercedes de su madre; ambas se consideraban débiles, pequeñitas, desprovistas de personalidad; don Pedro, todopoderoso y omnisciente, las autorizaba, y ellas eran algo infinitesimal que crecía al arrimo de algo muy fuerte...