El carácter extraordinario de Gómez-Urquijo, su imaginación ardiente siempre propicia al trabajo y su voluntad insensible a la fatiga, triunfaban en todos los momentos, y no tardó en sojuzgar el albedrío de la hija, como antes había rendido el espíritu de la madre. Y cuando por las noches, desde la cama, una y otra veían el resplandor de la luz que Gómez-Urquijo tenía encendida en su despacho, Mercedes se quedaba dormida bajo la molesta impresión de que su padre, tan bueno, tan batallador y tan sabio, estaba trabajando para ellas, labrando su porvenir, sufriendo por las dos.

Conforme Mercedes iba creciendo, su carácter fué complicándose y ofreciendo puntos de vista muy curiosos. Había heredado de su padre los rasgos físicos y los perfiles morales más sobresalientes: el talle largo y esbelto, la nariz aguileña, el mentón pronunciado que caracteriza a los fuertes de voluntad; y luego aquella imaginación inquieta, aquel cerebro de artista idolátrico adorador de la quimera, y las neurosis, apasionamientos irreflexivos y demás refinados desequilibrios de las sensibilidades exquisitas; y represando esta complexión batalladora que hacía de Gómez-Urquijo un luchador infatigable, tenía Mercedes el carácter retraído y sumiso de su madre; tan silenciosa, tan pronta a ceder ante el menor obstáculo. Había, no obstante, entre madre e hija diferencias notabilísimas.

Doña Balbina era un espíritu sin dobleces, de ésos que se conocen a la primera ojeada. Si hablaba poco era porque en su tranquila cabecita de mujer casera raras veces brotaba un concepto nuevo; y si se amoldaba fácilmente a las circunstancias era porque estaba segura de su poquedad y no se reconocía ánimos para rebelarse e imponer su capricho; y por eso vivía sin luchas, empequeñecida y como eclipsada por el genio dominador, absorbente, irresistible, del hombre a quien eligió por esposo, queriendo lo que él mandaba, pensando como él; su misión quedó reducida a acompañarle, a seguirle a todas partes, a esperarle días enteros sin sentir la horrible soledad que la rodeaba, y a recibirle siempre abnegada y cariñosa, confortándole cuando triste, aplacándole cuando irritado.

Mercedes no era así: su aislamiento, el ejemplo constante de su madre y el rostro grave y siempre pensativo de don Pedro, a quien veía reír contadas veces, domeñaron, pero sin rendir, la ingénita acometividad de su carácter expansivo. Había en ella una especie de doble naturaleza. Fantaseaba mucho y quería intensamente; pero el temor de hablar fuera de sazón o de no realizar sus deseos, la condenaban a eterna pasividad y a perpetuo mutismo; doña Balbina callaba y obedecía sin trabajo, porque no tenía nada que decir, ni albedrío que oponer a los acontecimientos adversos, y Mercedes callaba y cedía también, aunque por opuestos motivos, constreñida por un exceso inverosímil de amor propio; callaba porque temía expresarse mal, y obedecía sin protestas, recelando tener que atacar por fuerza lo que podía aparentar recibir de grado. Esta reconcentración producía en ella una superabundancia extraordinaria de voliciones y de ideas; ideas que no se concretaban en palabras, deseos que jamás tuvieron forma imperativa; sus facultades, por ende, conservaban toda su salvaje entereza; su orgullo no había padecido humillaciones, ni su voluntad sufrió directamente ningún mandato que mermase su brío y acerado temple: era, pues, el suyo, un carácter varonil que dormitaba representando su simpático papel de hija sumisa, más por cálculos de orgullo que por propia y natural condición, y que sólo necesitaba un pretexto para rebelarse, irreflexivo y batallador, oponiendo a las humillantes imposiciones del deber sus duras aristas de diamante.

Mercedes tenía un espíritu pagano. Siendo muy niña, su madre la enseñó las oraciones más sencillas, y por doña Balbina supo que hay un infierno reservado a los malos y un cielo muy bonito, con mucha luz y nubes de púrpura y turquí, entre las que revolotean traviesas comparsas de angelitos cantores; y que hay un Dios infinitamente misericordioso y justiciero, omnisciente, dispensador de beneficios, sensible a los ruegos, muy amigo de los niños y que se halla en todas partes... Y Mercedes amó a Dios; pues aunque su corazón, limpio de penas, no necesitaba los consuelos de la fe, la sedujo aquel cuadro místico, con el trono del Todopoderoso en lo alto, asentado sobre nubes de esmeralda, topacio y carmín, por las que pasaban aleteando y con regocijada algarabía racimos de cefirillos desnudos. Por las noches, madre e hija rezaban juntas, cada cual desde su lecho.

—Reza, Mercedes—decía doña Balbina—, pídele a Dios por nosotros, especialmente por tu padre y por ti... Dile que nos conceda muchos años de vida y muy buena salud...

Y esto lo suplicaba Balbina Nobos con tanto afán, porque creía firmemente que todas las oraciones infantiles llegan al cielo.

Mercedes, en efecto, rezaba, mas no poseída de la íntima emoción con que los ejercicios litúrgicos encienden el ánimo de los verdaderos creyentes, sino fríamente, de modo profano, sin otro fin que el de proporcionarse a sí misma el recreo de entrometerse por aquel cielo tan hermoso, poblado de colores y de majestuosas armonías, como la deslumbradora apoteosis final de una comedia de magia. Con los años, esta visión paradisíaca fué desdibujándose y perdiéndose, y más tarde, cuando Mercedes comenzaba a sentir esas soñarreras invencibles que anuncian en las vírgenes la llegada de la pubertad, concluyó por desaparecer completamente.

Aquella primavera, Mercedes cumplía trece años, y doña Balbina no comprendía que las noches de junio tienen opio para las niñas que van a ser mujeres. Después de cenar, delante de la ventana abierta por donde penetraban bocanadas de aire tibio, Mercedes se dormía fatalmente, bajo una especie de imperativo categórico, inevitable; se dormía en las sillas, en la mesa, con los brazos apoyados sobre el plato del postre; era preciso llevarla al lecho a puñados, con súplicas, con gritos de amenaza. Doña Balbina se desesperaba.

—Niña, reza. Reza, Mercedes... ¡Mercedes, no te duermas!...